Ella era una joven israelí que había preparado todo para agasajar a una amiga.
La casa, la música, la comida, los tragos y... el desnudista (stripper).
Él era un policía de Jerusalén, agradecido que en estos tiempos de violencia sin fin el llamado en la radio fuera para atender una denuncia por ruidos molestos.
Al llegar a la dirección indicada era más que evidente que a esa hora el escándalo en la casa de ella era fuera de lo común.
Los vecinos que la denunciaron por ruidos molestos no estaban tan equivocados después de todo.
Él tocó timbre y ella corrió a la puerta, con una sonrisa nerviosa pero orgullosa de su logro, contratar un stripper para una noche con las “amigotas”.
Cuando el mostró su identificación ya era tarde, ella se había lanzado sobre su policial persona y se abocaba a desabrocharle la camisa y desatar los zapatos al tiempo que instaba a sus amigas a hacer lo mismo.
Ella pensó que él era un auténtico profesional, con qué sangre fría mantenía su actuación pese al acoso, y el detalle de la placa, soberbio.
Él no tuvo más remedio que pedir refuerzos y fue su compañero quien confirmó su verdadera identidad.
Pero ella, en tanto pagaba una multa en el destacamento más cercano, pensaba, quizá, en él.