Garantizar la satisfacción de las necesidades básicas de cientos de miles de niños/as es un deber compartido internacionalmente.
Los niños y las niñas continúan siendo sectores etarios de la población mundial que están en desventaja porque dependen del resto de la población y del criterio de los/las gobernantes.
Procurar que los derechos de la población infantil - tales como el derecho a un nombre y a ser parte de una familia , a la salud, vivienda, educación, protección, distracción, oportunidad de expresarse y ser oídos y tomados en cuenta, entre otros- sean respetados y cobren vigencia, es un deber impostergable de quienes toman decisiones en los países y de cada persona que está consciente de que en la medida en que se subestima a la niñez se está atentando contra su estima personal y dignidad humana. Y, al ignorar los derechos infantiles, se están negando conceptos como justicia, igualdad, solidaridad, amor al prójimo y se está sembrando la semilla del odio, frustración, insatisfacción social y haciéndoles candidatos /as a adultos con conductas antisociales, inseguros/as y con carencias afectivas y de integración grupal.
Invertir en el niño, la niña y el/la adolescente de hoy es sentar las bases de adultos/as integralmente desarrollados y con capacidad para aportar a su propio desarrollo y el de sus congéneres. Lo contrario es atentar contra el futuro de la humanidad y sentar las bases de la disconformidad social y conflictos locales, nacionales e internacionales.