Escribir la llena. Y domina este arte. Así le consta a quienes han leído los cuentos de Madelag, o los han escuchado, como los que en octubre pasado (el 31) pudimos asistir a la gala de su obra "Rombos" y conocer de primera voz lo que le pasó a doña Jacinta. Cómo colocó en "camisa de once varas", al diablo mayor.. Y es que, como dirían unos, allá abajo también "se cuecen habas", o como dirían otros "si por acá - por la Tierra- llueve, por allá no escampa". Es decir, "el día de morir es uno y solamente uno".
Con "Rombos" Emelia Manuela Alemán, conocida como Madelag, obtuvo una Mención Honorífica en el Concurso Literario Ricardo Miró en 1958. Ahora bien, aunque estos cuentos no son necesariamente para niños, ella es una gran promotora de la lectura entre la gente menuda en nuestro país. Más de diez años dedicó a esta tarea, desde distintos medios donde mantuvo una página infantil. A saber: La Estrella de Panamá y El Panamá América, donde laboró también como reportera, al igual que en El País y la Revista Épocas.
Ella, además, dirigió durante más de dos lustros un programa para niños en Radio Programas Continental (RPC).
En el marco de actividades conmemorativas del Centenario de la República, Manuela Alemán vio premiados sus esfuerzos por promover la lectura entre la niñez. El Instituto Nacional de Cultura le editó una selección de sus cuentos infantil.
Además del cuento que publicamos hoy y mañana en Estilo de Vida, en "Rombos", puede usted leer otros como: El Rabiblanco, El Bobo, La Bichera, El dilema del gran diablo y Remanso.
Espere pronto otro libro infantil de Madelag. Según nos informaron ella y Pat Alvarado, de Piggy Press S.A., esta editora ya tiene lista en producción "Selva Feliz" ("Happy Jungle"), un cuentario bilingüe (Español-Inglés).
Esta polifacética escritora, quien además ha dejado huella también como actriz teatral, no se pierde una reunión del Círculo Literario Letras de Fuego, los lunes a las 7: 00 p.m. en Exedra Books. Además de que su fina pluma le ha hecho un nombre a nivel nacional e internacional y su forma de ser le han granjeado el aprecio y respeto, Madelag es también reconocida hace más de 60 años como relacionista pública.
-¿De qué misterios hablan que yo no me he enterado? -gritó con voz estentórea.
Lo que luego sucedió, los comentarios que se suscitaron y la magnitud que adquirió el "milagro", han ido pasando de generación en generación.
Pero como doña Jacinta, después de la frase antes dicha perdió por completo el habla, y como tampoco pudo escribir porque sus manos estaban paralizadas, nadie pudo saber con certeza qué fue lo que le sucedió durante el tiempo que estuvo muerta.
Sin embargo, mi abuela me juró que su abuela le había jurado que don Antonio le había jurado a él, cansado de oír versión tras versión del célebre milagro de la resurrección de doña Jacinta, se puso al habla con el espíritu de don Cándido.
Parece ser -según aseguraba don Antonio- que don Cándido había regresado "allá", hacía unos doscientos años.
Pero ambos habían establecido, por intermedio de una mesa construida de un solo tronco sacado de un árbol cuyo nombre no divulgaba, una gran amistad.
Don Cándido era -y es, si no anda por aquí- uno de esos espíritus que tiene el limbo en reserva para cualquier caso de emergencia. Emigran del limbo cuando es necesario, viven "en el limbo"en la tierra y regresan luego al limbo. Hay muchos de ellos deambulando por el mundo.
El asunto fue, según don Cándido le dijo a don Antonio, que doña Jacinta se murió esa vez de verdad. Pasó por todos los enojos trámites de aduana sin ningún problema y llegó, como llegan todos los que emprenden ese viaje, al paralelo 101 que marca la frontera. Le indicaron que debía tomar un expreso descendente y doña Jacinta comenzó a bajar y bajar, hasta el fondo.
Allí, en el departamento de clasificaciones le dieron su ficha y sus papeles para que, debidamente documentada, ingresara en el 4300.
Como todo sucedió muy rápidamente, doña Jacinta no tuvo tiempo de replicar. Por lo demás estaba segura que no habría necesidad de protestar, pues le asignarían un lugar de acuerdo con sus méritos.
Y, así era en efecto. Se intranquilizó un tanto al pasar por los pasillos. Había atisbado un poco por entre las puertas entreabiertas y había contemplado algunas escenas poco halagadoras. También había sentido ciertos olores nauseabundos que le habían hecho palidecer. El 4300, se encontraba repleto de gente. Parecía un sitio agradable. Sin duda era por eso tan popular.
Allí la muchedumbre que lo llenaba en su totalidad estaba de pie, o sentada en sillas o en el suelo. Todos estaban tan atentos, que no lograban distraerlos los ayudantes del Director del 4300 que circulaban por todos lados, acercándose a algunos de los presentes para suministrarles, sin duda alguna, ricos manjares.
A doña Jacinta la impresionó profundamente el completo silencio que reinaba. Era un silencio tan silencioso, que al cabo de unos instantes no pudo contener más su curiosidad y, agarrando por la cola a unos ayudantes, lo detuvo con su proverbial gesto autoritario.
Si quiere saber cómo doña Jacinta se convirtió en el dilema del Gran Diablo y cómo perdió el habla lea mañana el desenlace de este divertido cuento, en Estilo de Vida.