El que conoce la historia de la sociedad laboral juzga de manera más clara su futuro. ¿De qué se trata? Bajo la impresión de una persistente falta de trabajo se pregunta, primero, si se le acaba el trabajo a esta susodicha sociedad; segundo, en la era revolucionaria de la comunicación y de la globalización se observan cambios profundos de gran alcance en las formas de trabajo retribuido y se quebranta "la relación normal de trabajo". ¿Es el final del trabajo en cuanto profesión de por vida? ¿Qué sigue al trabajo remunerado? Y, tercero, se plantea de nuevo la pregunta por el sentido del trabajo: ¿perderá su lugar central en las biografías? ¿Ha acabado de ser el fundamento más importante de los conflictos, y de la solidaridad, en la sociedad? ¿Aparece un nuevo "ser humano flexible" que no estaría muy relacionado con el trabajo? Y sobre todo ¿qué mantiene cohesionadas a las sociedades modernas?
En la antigua Atenas a la gente le habría parecido sin sentido subsumir bajo un solo concepto el trabajo manual de los esclavos, a la obra de un escritor y a la actividad de un político. Hasta la actualidad hay otras culturas que carecen de un concepto general del trabajo. Recién en el siglo XVII se estableció en Occidente el hoy en día natural concepto general del trabajo, el cual unifica a las actividades corporales e intelectuales, a las sin calificación con las altamente calificadas, a las dependientes e independientes, monótonas y creativas. Según eso, el trabajo tiene una meta más allá de sí mismo: la meta de producir, realizar, lograr algo. Trabajo tiene en si algo de compromiso y de necesidad, es realización de tareas dadas o que uno mismo se impone; el trabajo es también constantemente agotador, exige esmero y un mínimo de persistencia, más allá del punto en que deja de ser solamente agradable. Es decir: uno tiene que superar barreras, resistencias. En forma general es más o menos aceptable todavía en la actualidad esta mínima descripción y definición del trabajo, no reducida a trabajo retribuido; sus conceptos opuestos serían juego, diversión y ocio.
En la valoración del trabajo, a través de los siglos, dominaban primordialmente apreciaciones que iban de ambivalentes a negativas: al trabajo se le consideró ser un peso fatigoso que era necesario pero torturante, y también como castigo y maldición divina. La versión opuesta fue ganando terreno sólo poco a poco en el discurso cristiano y en las ciudades-estado de la vieja Europa: se fue apreciando el trabajo, cada vez más, como bendición y misión divina, y como servicio honroso. Recién en la burguesía ilustrada del siglo XVIII y con las economías nacionales que se estaban constituyendo, se impuso definitivamente, -entre los intelectuales- una visión positiva. Ahora se consideraba al trabajo ser fuente de bienestar y de civilidad, núcleo de la existencia humana y de la plena realización personal, en cuanto concepto sine qua non del dominio humano sobre la naturaleza y como base de una convivencia virtuosa.
Esta glorificación del trabajo no tuvo paralelo en otros círculos culturales. Como consecuencia para nosotros, el trabajo nos fue pareciendo ser un derecho humano. La realidad fue constantemente medida y criticada según esa norma, sobre todo durante la industrialización y el movimiento laboral del siglo XIX. Más allá de su significación económica, el trabajo todavía hasta hoy en día es valorado como realización de uno mismo y como derecho propio que, cuando es denegado prolongadamente, hace caer a la sociedad en una profunda crisis.
En realidad, el trabajo no se agota en esos discursos. El trabajo nunca ha sido sólo realización de uno mismo y de su felicidad, sino también siempre ha sido un peso y ha causado esfuerzo. Según la posición social, de ámbito y de sexo, la mezcla presentaba diferentes proporciones. El movimiento laboral alemán fue en concordacncia con el Marx tardío, que creía que el reino de la libertad y de la plena realización humana recién comenzara más allá del trabajo retributivo. Como las grandes utopías de los últimos siglos, propagó más bien el tiempo libre que el trabajo necesario. Ya Adam Smith, el cual daba gran valor al trabajo, sabía que el ser humano prefiere, por regla, el ocio al trabajo.
Hasta la actualidad, el trabajo significa la obligación de resignarse, el deber de ser disciplinado, además de ser fatigoso y de producir cansancio. No siempre se prefiere cualquier tipo de trabajo al no trabajar; todavía hay mucho trabajo necesario y útil que hacer, que no se busca sólo por placer; tampoco hoy en día se puede renunciar a un inteligente sistema de estímulos positivos y negativos. Esto limita la posibilidad de un radical descople entre trabajo y ganancia, a la André Gorz.
LA SUPERIORIDAD DEL TRABAJO RETRIBUIDO
La actual sociedad laboral se constituyó a lo largo del siglo XIX; fue, y todavía lo es, fundamentada en el trabajo retribuido, que logró imponerse en tres hornadas: con la supresión del orden feudal y de estados, primero, el capitalismo avanzó, desde fines del siglo XVIII, a convertirse en principio general, introduciéndose profundamente y con gran influjo en el mundo del trabajo, en el sentido de un trabajo retribuido por el mercado. El trabajo fue anteriormente regulado por el mercado sólo en forma indirecta o mínimamente. Por lo general estaba integrado: la servidumbre en la casa, el gremio artesanal en las corporaciones, en las haciendas y ranchos del país dominaba una relación feudal, y en otros lugares, también, la esclavitud y la falta de libertad personal. Estas actividades integradas se rompieron. Las fuerzas laborales, hasta ahora atadas fueron liberadas, apareciendo como trabajadores a sueldo o salario o como independientes en mercados de rápida expansión. Ahora, en una economía de mercado, se transformó al trabajo en masa en objeto de transacciones, en mercancía.
Segundo, con la industrialización y la concentración demográfica en ciudades, a partir de mediados del siglo XIX se alcanzó una centralización del trabajo remunerado. El trabajo en fábricas, talleres y oficinas fue en aumento, y se distanció por consecuencia el lugar donde se realizaba una labor remunerada de la esfera familiar o del hogar.
La familia y el hogar dejaron de ser por completo el sitio del trabajo retribuido. El trabajo, cuando era de tipo retributivo se convirtió en un subsistema diferenciado relativamente claro, el cual funcionaba según propias reglas: claro, cada vez más en sentido de una economía de mercado, bajo control de patrones y con tendencias a ser empresa. El trabajo se constituyó como parte de un espacio reconocido y delimitable, como trabajo en y para sí mismo.
Así fue que la diferenciación entre "trabajo" y "no trabajo" se hizo experiencia de muchos seres humanos. "Trabajo", cada vez más, significaba "trabajo retribuido", mayormente efectuado por hombres, pero no limitado a éstos. La definición de "no trabajo" se constituía también de elementos de trabajo (mayormente sin nombrarlos) de tipo no-retribuido, por ejemplo, el trabajo casero y en servicio de la familia, realizado mayormente por mujeres. Precisamente esto fue lo que también conformó los conceptos de las estadísticas oficiales, en las que se redujo, ampliamente, trabajo a "trabajo remunerado".
En la era de la industrialización, el trabajo ganó en significación social, política y cultural. El más grande movimiento laboral, se basó en el trabajo retribuido y dependiente. También para el movimiento feminista conseguir nuevas posibilidades de trabajar era algo central. En aumento, el trabajo fue constituyéndose en el fundamento de la autocomprensión humana. Para las ciencias sociales en formación, el trabajo se volvió su concepto central. Nación y trabajo también estaban conectados. No por último el trabajo retribuido sirvió, desde 1880 aproximadamente, como base del Estado social o del bienestar. El sistema fue financiado mediante las contribuciones de los trabajadores y de los contratistas, y con sus consecuencias estamos luchando en la actualidad.
La codificación estatal del trabajo retribuido, en tercer lugar, aumentó con la ampliación del Estado social. Según lugar y tiempo, condiciones y consecuencias, educación y jubilación, el trabajo remunerado fue, en aumento, regulado, normado y consolidado mediante leyes y decretos. Es así que recién en los años ochenta del siglo XIX se creó, igualmente, la diferencia entre trabajo y sin trabajo o falta de trabajo. También en este sentido es el trabajo retribuido, según lo conocemos, una construcción histórica.
En cuarto lugar, se nos presenta la cuestión de por qué se impuso tan claramente el trabajo retribuido, en cuanto norma y normalidad. Se impuso porque, con respecto a la efectividad económica, era superior a otros. En comparación a diversas otras formas del trabajo, el retribuido con sueldos y salarios era atractivo porque funcionó a base de estímulos y medios acordes al mercado, además de posibilitar mucha libertad. El trabajo remunerado fue también superior según la perspectiva de ser justo. Diferencias en poder, condición social y riqueza producidas por el trabajo fueron más fácil de aceptar como legítimas que las dependientes de nacimiento, conquista o casualidad. Por último, en la cultura burguesa que iba en aumento desde el siglo XVIII, el que ofrecía con éxito su propia capacidad para trabajar en el mercado laboral, de todas maneras recibía reconocimiento social, su confirmación y valoración por las demás personas, que de otra forma eran difíciles de obtener. Puede ser que esto también haya contribuido a la implantación del trabajo remunerado según el mercado (pero no sólo como sueldo o salario), como hacen ver claro, al revés, las consecuencias amenazantes a la personalidad que conlleva una prolongada falta de trabajo remunerado- desde 1930 hasta la actualidad.
EL DESAFIO DEL DESEMPLEO
Hoy por hoy se ve bien claro cómo, desde el siglo XIX, el concepto del trabajo se fue estrechando. Ahora se aboga por una renovada ampliación lingüística y práctica del concepto, en la cual debería también incluirse actividades útiles, más allá del trabajo retribuido, por ejemplo, en forma de un nuevo tipo de "trabajo civil" y mediante la mejor valoración del trabajo casero e individual. Esta experiencia merece ser apoyada con fantasía e imaginación. Pero a la vez deberían ser consideradas las causas históricas que hicieron al trabajo retribuido ser tan superior a otros modos; éstas no son obsoletas.
¿Pero la masiva falta de trabajo no obliga a dar nuevos pasos radicales? ¿No se le exige demasiado al sistema actual, que está basado en el trabajo retribuido? No es por anda que en la actualidad, en comparación al pasado, una mayor cantidad de personas quieran participar del trabajo remunerado. Por igual, nunca antes fue tan rápida y masiva la eliminación de puestos de trabajo por ser económicamente más eficaz, además, la globalización acelera la competencia en los mercados laborales de manera novedosa.
La eliminación masiva de puestos de trabajo mediante transformaciones tecnológicas bajo condiciones de competencia mercantil, de hecho se ha efectuado desde los inicios de la industrialización. A menudo hubo épocas de larga duración donde cundía el subempleo y la escasés del trabajo; pero a menudo también se compensaba la destrucción de viejos puestos de trabajo con la creación de nuevos. Constante y renovadamente se transformaba la crisis de empleo en un nuevo equilibrio, aunque este haya sido precario. Central era siempre la nueva manifestación de necesidades humanas que antes no fueron satisfechas, casi desconocidas y de nueva constitución. Cuando estas necesidades se dejaban convertir en demanda de cosas y servicios, aparecieron nuevos trabajos, en sentido de trabajo retribuido.
Es posible pero no probable que este mecanismo no funcione más, sea en la actualidad o en el futuro. También hoy en día hay mundialmente muchas urgentes e insatisfechas necesidades para descubrir y desarrollar en cuantía, que para cubrirlas sería necesario trabajo útil en masa. Se puede dar, bajo buenas condiciones sociales e institucionales, una nueva demanda de trabajo remunerado; con ello se crearían, en gran cantidad, nuevos puestos de trabajo.
La cuestión irresuelta es si se lograr crear las condiciones necesarias tanto sociales como institucionales que posibiliten la transposición de la necesidad de trabajo útil en demanda de trabajo retribuido, tanto la actual como la que pueda aparecer. Esta tarea no se puede dejar resolver solo al mecanismo del mercado.
Conjuntamente a una mucho mayor flexibilidad del mercado y de urgentes reformas en la formación profesional, son parte de las necesarias medidas a tomar: la remodelación de los sistemas de seguro social, un nuevo tipo de subvención de puestos de trabajo en la economía privada con un salario paupérrimo, mediante medios públicos y, por lo menos, la renuncia a otros encarecimientos del trabajo retribuido por medio de acuerdos tarifarios altos. Esta renuncia sólo se podrá imponer, sin agravar más las diferencias de ingresos, cuando el ingreso neto de sueldos o salarios sea complementado con ingresos provenientes de la participación en la riqueza productiva, en gran magnitud. Esta es la gran tarea política social en el nuevo siglo.
PELIGROS Y OPORTUNIDADES
Aparentemente no es probable ni deseado que en un futuro previsible el trabajo remunerado sobreviva como regla común, pero sufrirá profundos cambios.
El trabajo retribuido por mucho tiempo fue regulado por una triangulación del mercado y la empresa, la familia y la actividad casera, el Estado y la política. Pero en las relaciones de mercado y empresa, por un lado, y de familia y casa, por el otro, se están realizando cambios revolucionarios. Una de las consecuencias es la cuota rápidamente creciente de mujeres que poseen un trabajo retribuido. La relación de orden entre los sexos y en el trabajo cambia bruscamente. Una división precisa de roles sociales entre el hombre y padre, en cuanto sustento de la familia por medio del trabajo retribuido, y la mujer como ama de casa y madre casi no existía en las épocas preindustirales; también en el siglo XIX y a comienzos del siglo XX esto era cosa de la burguesía más que de otras clases sociales. Parece que mayormente