Los niños se caracterizan por hacer preguntas difíciles, y esos momentos sirven para poner a prueba el papel que compete a los padres como amigos y guías de sus hijos.
David Rubén, quien cursa el tercer grado, pero que aparenta más edad de sus 8 años, vino presuroso desde el baño, todavía destilando agua y se paró en la puerta de la recámara donde me encontraba con mi esposo.
Tratando de secarse bien, preguntó: ¿Qué es eso de adopción?
Inmediatamente traté de dar una respuesta, pero a mitad de camino mi esposo lanzó un ¡por favor! y trató de ampliar.
Luego le pregunté a mi hijo el porqué de la pregunta, y respondió que en la escuela la maestra actualizaba algunos datos de los estudiantes. Cuando le correspondió a un compañerito responder, la maestra inquirió por el segundo apellido pero éste dijo que no tenía porque era adoptado.
En medio de la clase, la educadora con tantas preguntas seguidas, prácticamente hizo que el pequeño contara su historia.
Al parecer todo lo que se contó desconcertó a David, quién no podía entender cómo unos "papás" le dieron o entregaron un hijo a una señora. Menos entendía que esos "papás" fueran los lunes o martes a llevarle dinero y comida a esa señora a la que el pequeño le dice mamá.
Tratando de sacar conclusiones del caso y de razonar que quizás no se tratara propiamente de una adopción, tratamos de decirle al preocupado David que a lo mejor son padres que se van a trabajar y como no tienen quién cuide al pequeño, se lo dejan a la señora.
Preparado para dar una respuesta más rápida que el rayo respondió: -¿Desde que el niño tenía dos años lo cuida esa señora y todavía no pueden conseguir a alguien que lo haga en su propia casa?
El intento por descifrar el asunto siguió, ya metidos los tres en la cama, mientras nuestro hijo menor escuchaba disimuladamente desde la sala.
Bajo insistencia, David se fue a poner su ropa de dormir y aprovechamos mi esposo y yo para comentar la inesperada situación.
-" Son gente fresca, que le tiran los hijos a los demás para que se los cuiden", razonó mi esposo.
-¿Pero cómo pueden hacer eso?, respondí. Aunque el asunto nos inquietó tanto como a nuestro hijo, de este episodio sacamos dos conclusiones.
La primera de ella es la total indiscreción de la maestra, quien averiguó detalles de la vida personal de un niño en frente del resto de la clase.
La segunda es que hay padres que parecen olvidar que un pequeño necesita amor, protección y tiempo.
Hay quienes viven sumidos por el cansancio de una dura jornada de trabajo y dejan de lado la gran importancia que tiene ver aquel cuaderno donde se dibujan las fantasías más maravillosas del mundo, aquel gusano que por una travesura infantil está atrapado en un pote vacío de helado, de disfrutar un poco junto a los niños y niñas de su tira cómica favorita.
Que todo sirva para reflexionar de cuándo fue la última vez que usted se acostó junto a su hijo para decirle al oído que aquello de las brujas y el Chivato es un invento, que usted le dijo que el cuerpo se debe respetar, que usted lo acompañó a orar y pedirle al Todopoderoso que cuide al resto de la familia y a los abuelos.
¿Cuándo fue la última vez que usted dentro de su escuálido presupuesto le hizo un brindis a los compañeros favoritos de sus hijos y compartió esa alegría con ellos?
Ahora que recibió el pago del décimo tercer mes y aunque algunos digan que lo deben todo, saque unos balboas para que le compre una tarjeta a su hijo donde le escriba: ¡Te amo, eres el regalo más hermoso que me ha dado Dios!
Y si no tienes en estos momentos "ni dónde caerte muerto o muerta" como dice el famoso refrán. ¡No importa! ¡Tu hijo y tu hija deben ser motivo de alegría suficiente!.