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María Félix le dejó todo a su pueblo

Adoptó de sus papeles cinematográficos una personalidad avasalladora que la llevó a convertirse en ícono del séptimo arte e ídolo de un pueblo que, con respeto, la llama simplemente: La Doña.


El legado material de María Félix, la máxima estrella del cine nacional que falleció el lunes a los 88 años de edad, quedará en manos del pueblo de México, según informó el abogado Javier Mondragón, albacea de los bienes de la legendaria actriz.
En entrevista con el periodista mexicano Jacobo Zabludowsky, quien fue amigo y admirador de La Doña, Mondragón, actual director jurídico de Teléfonos de México (Telmex), señaló que Félix dejó un testamento, realizado hace un año, el cual tuvo dos o tres versiones anteriores.
El también ex integrante del Departamento Jurídico de Grupo Televisa, cargo que desempeñó durante 27 años, adelantó que en su testamento, María Félix redactó unas palabras dirigidas al pueblo de México, las cuales serán dadas a conocer al momento de dar lectura a su testamento.
El mito, leyenda y realidad, era el de una hermosa mujer, respetada por su trabajo y admirada no sólo por su belleza física, sino por su carácter insumiso y dominante. Su imagen con el puro en la mano, su seductora sonrisa y su participación en filmes como Enamorada, Río Escondido, La Generala y Tizoc le dieron no sólo prestigio internacional, sino que la convirtieron en ícono del cine mexicano. Fue Doña Bárbara, la versión fílmica de Fernando de Fuentes a la obra literaria de Rómulo Gallegos, la cinta en la que adoptó su peculiar sobrenombre.
María de los Angeles Félix Güereña, nació en Alamo, Sonora, en la primera década de 1900. La fecha exacta la guardaba con recelo y fue la novena de la docena de hijos que tuvo el matrimonio conformado por Bernardo Félix y Josefina Güereña. Rebelde desde esa época, María rehusaba ser tratada como el resto de las mujeres de su familia. Prefería convivir con su hermano Pablo, cuya temprana muerte la enfrentó a la primera ausencia dolorosa de su vida.
Debido a las ocupaciones de su padre, de Alamo fue a vivir a Guadalajara, donde conoció a Enrique Alvarez, su primer esposo, con quien procreó a su único hijo, Enrique Alvarez Félix. Ese primer matrimonio fracasó y la futura actriz se enfrentó al machismo y a la experiencia de ser una madre muy joven, por lo que el divorcio se hizo inminente.
Se fue a vivir con sus padres nuevamente a la casa de Navojoa y su vida cambió a tal grado que los comentarios condenatorios de la sociedad la hicieron emigrar al Distrito Federal, donde vivió en una casa de asistencia junto con su hijo, a quien pudo sostener gracias al trabajo que tenía como recepcionista en un consultorio médico.
La oportunidad de ser actriz le llegó por casualidad en 1942, caminando por la calle de Palma en el Centro Histórico, cuando de repente la abordó el cineasta Fernando A. Palacios para proponerle su incursión en el séptimo arte.
María Félix tenía 26 años y un carácter que el público le admiraría más tarde, por lo que contestó con otra pregunta: "¿Quién le dijo que yo quiero entrar al cine? Si me da la gana lo haré, pero cuando yo quiera y será por la puerta grande". Fernando A. Palacios apenas tenía en su haber la cinta Hambre (1938), pero tuvo el ojo clínico de ver en esa mujer a una posible estrella cinematográfica.
De acuerdo con datos del libro Epoca de Oro del Cine Mexicano, escrito por Gustavo García y Rafael Aviña, Palacios se convirtió en una especie de mecenas para la futura actriz, le enseñó dicción y la sometió a cirugía plástica.
Aunque con este último detalle hay una polémica, otros afirman que el cirujano plástico para el que trabajó, aprovechando su belleza natural, decía a sus clientas que se atrevieran a operarse, tal y como lo había hecho la hermosa recepcionista que las atendía.
Con la ayuda de Fernando A. Palacios, quien la llevó a reuniones a las que acudían integrantes del medio cinematográfico, María se convirtió en estrella de un día para otro, algo que antes sólo había ocurrido con Andrea Palma.
Los críticos y estudiosos la consideran como la primera estrella hecha por el cine industrial. En seis años filmó dieciséis películas, todas en papel estelar; sin siquiera haber debutado, se dio el lujo de rechazar una infinidad de personajes secundarios que le ofrecieron. Su primer película fue El Peñón de las Animas; le siguió María Eugenia y La China Poblana, ésta última una cinta de la que no quisiera guardar ni un sólo recuerdo, pero la filmó en gratitud a su descubridor.
María trabajó con Jorge Negrete, Pedro Infante, Pedro Armendáriz y bajo la dirección de Emilio Indio Fernández y Fernando de Fuentes, quienes fueron los dos cineastas más significativos de su carrera. Con el primero filmó Enamorada en 1947 y Río Escondido en 1949, y con el segundo Doña Diabla en 1950. Por estos tres trabajos obtuvo el premio Ariel (que otorga la Academia de Ciencias y Artes Cinematográficas de México), en el rubro de mejor actriz.


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Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América