La primera vez que me senté a comer sola en un lugar público fue cuando tenía 14 años, estaba de intercambio en Estados Unidos y había ido al centro comercial con otros panameños que estudiaban en el mismo instituto que yo.
En algún momento me distraje y cuando viré a mirar ya ninguno de mis compañeros se encontraba conmigo. Después de buscar, que en ese momento me pareció una eternidad, mi estómago empezó a hablarme y a comunicar claramente que necesitaba alimento, entonces decidí ir a comer sin esperar a que aparecieran los demás.
Esto, a cualquier adulto podría parecerle algo totalmente normal y nada fuera de este mundo, pero a los 14 años la idea de sentarme en un restaurante completamente sola, sin ninguna otra compañía, me parecía simplemente aterradora (traten de imaginar los pensamientos que pasarían por la mente de una adolescente de 14 años en una situación así), qué pensaría el resto de las personas que estaban alrededor, probablemente que yo no tenía amigos, o quizás que era una marginada social con la que nadie quería salir de compras o qué sé yo. Les aseguro que esa ha sido una de las comidas más largas e incómodas de mi vida.
Ahora, a mis 33 años, la idea de comer sola no me causa ni frío ni calor, después de haber vivido en diferentes partes del mundo, se volvió bastante natural para mí salir de compras cualquier fin de semana y sentarme a tomar un cafecito o a almorzar, acompañada únicamente de mis pensamientos, mis nuevas adquisiciones y quizás una revista.
Mientras viví sola, el cocinar únicamente para mí también se convirtió en algo de todos los días y créanme esta tarea puede ser a veces algo complicada, ya que normalmente todo lo que se vende en los supermercados viene en cantidades que bien podrían servir a una familia de 4 y muchas de las cosas que uno compra terminan dañándose en el refrigerador y por último en el basurero.
Esta experiencia me hizo desarrollar algunas técnicas y truquitos que me permitieron prevenir todo este desperdicio y sobre todo el poder cocinarme una rica cena casera.
Al comprar las bandejas de carne y pollo, empecé a separar las porciones individuales en bolsas ‘ziploc’ y a ir descongelándolas únicamente a medida que las necesitaba.
Las hierbas frescas las picaba en el procesador y luego las guardaba en frasquitos con un poco de aceite vegetal y un toque de sal, lo que las preservaba por mucho tiempo. Los vegetales como los champiñones, por ejemplo, los rebanaba y luego los colocaba en bolsitas individuales que también congelaba e iba utilizando solo en la medida de lo necesario. Muchas veces también cocinaba doble porción y así tenía además el almuerzo asegurado para el día siguiente.
Esos momentos que mencione anteriormente en los que cuento únicamente con mi compañía y me tomo el tiempo para cocinarme algo rico de cena o para sentarme en algún rinconcito de la ciudad a comer o tomar un bocado me fascinan y con los años he aprendido a disfrutarlos enormemente. Supongo que ese es uno de los tantos maravillosos cambios que suceden cuando nos convertimos en adultos y todas nuestras antiguas inseguridades salen volando por la ventana para no volver jamás.