El cine japonés pos-Hiroshima y Nagasaki trajo como resultado el nacimiento –o mejor dicho, la difusión– de los artistas más destacados de la historia de su país como Akira Kurosawa y Yazujiro Ozu. Ellos exhibieron al resto del mundo las consecuencias de la bomba atómica a través de relatos cargados de sensibilidad, poesía y metáfora. Sin embargo, el cine “clase B” también encontró su lugar, y entre insectos gigantes y diversos monstruos mutantes que atacaron la ciudad producto de la radiación nuclear, apareció un dinosaurio épico, que se convertiría en un símbolo del cine nipón: Godzilla.
Sesenta años después –y mientras se trata de olvidar la absurda relectura que le dio el gran destructor de la civilización occidental, Roland Emmerich (“Día de la Independencia”, “El Día Después de Mañana”), al mítico personaje de Ishiro Honda, en 1998– el pseudo desconocido realizador Gareth Edwards regresa al monstruoso y gigante Godzilla, esta vez y por suerte, más cerca de la criatura original, que del dinosaurio que parecía sacado de “Jurassic Park” en el filme de Emmerich.
Con una premisa similar a “Titanes del Pacífico”, el subvalorado filme de desastre de Guillermo del Toro, “Godzilla”, presenta a un par de monstruos voladores y prehistóricos, que regresan al mundo contemporáneo, tras una falla en una planta nuclear de Japón.