No es de sorprenderse, aunque no se justifica porque para eso razonamos, que en la lucha del bien y el mal, el segundo siga haciendo mella en la humanidad. Después de todo, "nadie es perfecto", dirán muchos/as y vaya bonita forma de escapar al juicio social y de consolarse o hacerse sentir bien. Pero, en un acto de honestidad, valentía y sensantez, a la hora del balance conductual, basta ya de autoengaños. Hay que ponerse la mano en el corazón y admitir la mea culpa, que en algún grado todos/as la tenemos. Sí aceptar errores y decidirse a enmendar acciones torcidas, en vez de darse palmaditas en la espalda producto de la racionalización de nuestros actos.
Ciertamente vivimos en un mundo materialista en donde todo gira en torno al tener, poder, ser más que, destacarse, triunfar, ser número 1. En que se juzga por apariencias y el valor se le asigna a la persona por lo que tiene y no por ser persona. En que se pisotean los derechos humanos, la ética y los valores permanentes. Sin embargo, buena es la introspección y la comunicación con Dios para poder estar en paz consigo, el prójimo y nuestro Padre Celestial, quien tendrá la palabra decisiva, neutral, objetiva, en el juicio final. A cuya sujeción deberíamos acoplarnos por nuestro propio bien.
Dado que somos personas independientes, con libertad para pensar y actuar, para tomar decisiones (esto varía de individuo a individuo y está sujeto a las condiciones y circunstancias particulares), al momento de optar por una conducta "A", una "B", o una "C" ante una situación "X", el llamado a discernir en unos casos y en otros a dejarse llevar por el corazón, no está de más. El asunto no es actuar como oveja sin pastor. Es permitirse tiempo para echar una mirada interior y motivarse a propender hacia el crecimiento individual y colectivo, a ejercer un liderazgo auténtico, a propiciar una riqueza espiritual que facilite ese acercamiento y comunicación continua y de doble vía con nuestro Hacedor Supremo.
La Cuaresma, que se inicia hoy, es un período de reflexión, de autoanálisis, de reconocimiento de nuestra necesidad de una guía, de aceptar que el ser parte de una sociedad conlleva un compromiso. Es momento para cambiar de conducta, para vestirse de tolerancia, solidaridad y para que se comprenda que las acciones negativas son como una reacción en cadena, que producen daños irreparables y su impacto es difícil de detener. Son como la mentira, que es como una bola de nieve que arrasa con todo a su paso. A la larga nadie escapa.
Ahora, que de escapar hablamos, cualquier momento es oportuno y mayormente la Cuaresma, para escapar de, para aliviarnos de esa carga pesada que es el pecado, que puede venir como un polizonte en la Caja de Pandora, que ha ido adquiriendo dimensiones inmensurables, producto del egoísmo, superficialidad, desánimo, intolerancia, apego por lo material, ansias de poder y riquezas tangibles, indiferencia ante el prójimo, falta de fuerza de voluntad....
Ayudemos a otros a buscar el camino correcto, evitemos poner piedras en la senda de las demás personas y procuremos al máximo revisar primero el terreno que pisamos antes de querer ver por dónde navega la barca del prójimo y producto de la envidia pretender ser su timonel para conducirle al mar de la desolación, la destrucción y la arena movediza, por el mero placer de hacer el mal. Saquémonos primero la viga en nuestro ojo, antes de ver la brusca en el ajeno.
Evitemos desmayar en esta búsqueda del camino hacia una comunicación directa con Dios, no esperemos sólo a que llegue la Cuaresma para ser verdaderos hijos suyos que queremos vivir en concordia con El y de acuerdo a SUS MANDAMIENTOS. No pretendamos engañar a nuestro prójimo, porque a la larga, aunque riamos ahora, la cosecha será amarga y ante los ojos de NUESTRO PADRE CELESTIAL, JEHOVA, seguiremos siendo lobos con piel de oveja.
En otras palabras, actuemos bien por convicción, no por imposición, porque entonces somos hipócritas y mentirosos que al final de la vía seremos desenmascarados.