Un par de huevos fritos es lo primero que se le ocurre hacerse a cualquiera cuando no quiere romperse la cabeza para preparar una comida rápida; el problema es que hay huevos fritos y huevos fritos, y esa cosa tan sencilla puede convertirse, con un poco de mimo, en una maravillosa exquisitez.
La teoría del huevo frito es una cosa que todo el mundo dice conocer. No se lo crean. Luego, hay que freírlo bien. Y de un huevo frito de cualquier manera a un huevo frito "joya", va una diferencia enorme; la que va de salir del paso a disfrutar de una obra de arte gastronómica.
Hace unos días, de vuelta de un viaje dedicado a la alta cocina, nos apetecieron unos huevos fritos. Pero unos huevos fritos, por no bajar el listón, de alta cocina. Visto el estado de la despensa, concebimos nuestro plan inmediatamente.
Había allí un par de tomates rojos, maduros, casi recién llegados de la mata. También una cebolla ni grande ni pequeña, fresca. Además, una ramita de albahaca, palabra mucho más bonita que "basílico", su nombre italiano.
Despojamos los tomates de todo lo que les sobraba, es decir, la piel y las semillas.Hicimos ver a la cebolla que su estado perfecto es quedar reducida a un picadillo finísimo. Así las cosas, sofreímos la cebolla en un chorrito de aceite de oliva; cuando perdió su orgullo y comenzó a ablandarse, añadimos los tomates, también picaditos.Los dejamos sofreírse hasta que perdieron casi toda su agua de vegetación; en más o menos un cuarto de hora tuvimos una salsa con cuerpo, nada acuosa. Salpimentamos y añadimos unas hojas de albahaca fresca, también picadilidad había en casa un aceite que habíamos aromatizado unos cuantos días con peladuras de trufa fresca.Lo pusimos en la sartén de freír huevos, pequeña y honda. Mientras se calentaba, separamos claras de yemas y batimos las primeras, más que nada para romperlas, sin llegar a montarlas a punto de nieve. En ese estado, fueron pasando a la sartén.
Cuando la clara empezó a tomar colorcito por debajo, pusimos en su centro una yema; nadie les impide poner dos, si son ustedes golosos de la mejor salsa del mundo, que es justamente la yema de huevo. Con una cuchara y muchísimo cuidado, rociamos con el aceite caliente la parte superior de la clara, pero sin tocar la yema; la clara pareció agradecer ese toque con un ronroneo casi gatuno.
Medio minuto, más o menos, después, cuando las yemas estaban calientes, pero sin cuajarse, fuimos recogiendo los conjuntos con una espumadera, dejando escurrir bien el aceite, y los pasamos a los platos.
Mientras tanto, habíamos cocido según arte un poco de arroz Basmati, el aromático arroz del Himalaya. Pusimos en cada plato una clara con su yema, añadimos unos cristales de sal marina, pusimos al lado un flan de ese arroz y cubrimos parte del arroz con nuestra deliciosa y artesanal salsa de tomate. El efecto cromático era precioso. Pero es un cuadro efímero; una vez contemplado, y olido, procedimos a integrar todas las cosas en un conjunto armónico; tomate, arroz, yemas y claras se fundieron en algo menos vistoso, pero riquísimo...y, sin prisas pero sin pausas, esos huevos fritos, que no son, como habrán podido deducir, unos huevos fritos cualesquiera, cumplieron la misión para la que, sin saberlo, los había puesto la gallina: suministrar placer gastronómico.
Ahí tienen ustedes la diferencia que existe entre comer cualquier cosa...o hacerse una creación que no por sencilla y conocida deja de entrar de lleno en esa maravilla que es la altísima cocina.