El plato fuerte de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL) era el Gabo. Así lo anunciaban los programas desde hace meses; sin embargo, a días del inicio de ésta el escritor no había confirmado su presencia.
Para los miles que viajamos especialmente hasta el Estado de Jalisco, México, para ver de cerca al Nobel, era asunto de tiempo esperar que llegase el día: domingo 30 de noviembre.
En los amplios pasillos de "Expo Guadalajara", lugar donde se realiza año tras año este evento, se hablaba del asunto como si fuese un acto de milagro que, bien podía cumplir la Virgen de Zapopan, la que según los lugareños hizo el milagro hace años de espantarles los sismos que no permitían que se construyensen edificios de más de diez plantas.
Los periodistas extranjeros comieron de prisa ese día. Lo hicieron porque sabían que para estar en primera fila había que sacrificar horas. Cuántas. Era cosa de tiempo, de espera y de escuchar historias de todo el mundo.
Gabriel García Márquez estaba escrito en el programa para que participase del homenaje a Carlos Fuentes a las seis de la tarde. Antes de este evento, a las cinco, otros escritores rendían también otro reconocimiento a Fuentes por sus ochenta años y por la edición de lujo de su novela "La región más transparente", que las academias trabajaron.
A la una de la tarde, en el pasillo de los salones de la FIL había mucha gente. Estaban en filas como para realizar transacciones bancarias, acordonados por cintas de color azul. Por la bolsa chocolate que se entrega el primer día para los periodistas extranjeros, se podía adivinar que estas personas eran periodistas.
Mientras que unos charlaban sobre la organización de la FIL, que este año era mejor que en años anteriores, otros cruzaban los pies sobre una alfombra oscura y se adentraban en libros recién comprados. Todo esto válido para engañar al tiempo.
Dónde mantener la mirada era algo que costaba trabajo. Mirar a los lados no era recomendable porque las personas se movían como hormigas, entrando y saliendo. Sin mucho ruido, las personas se sumaban a la cola, listos para mirar a la persona que estaba delante o las altas paredes acolchadas del salón Juan Rulfo.
Ayer, en este mismo salón, cuando se inauguró la FIL no había que formarse con horas, únicamente se ocupó la parte frontal del salón; la parte trasera se quedó vacía, y fue ocupada por los periodistas para área de descanso.
Por la mente del cronista pasaban muchas cosas. Entre estas adelantaba el segundo cuando el Nobel colombiano estuviese mano a mano, muy seguro de que los pondrían uno al lado del otro, con Carlos Fuentes, el verdadero protagonista de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara o de cualquier otra Feria del Libro.
Una hora antes, a las cuatro de la tarde, finalmente la espera terminó. Unos jóvenes que seguramente son estudiantes de la Universidad de Guadalajara, organizadora del evento, abrieron las puertas.
Una vez dentro del salón, restaba una hora de espera para que arrancase el homenaje a Fuentes, el primer homenaje, ya que el segundo, donde participaba el Nobel, era a las seis de la tarde, siete de la noche en ciudad de Panamá.
Las primeras sillas fueron ocupadas con rapidez. Mientras más cerca de la mesa central estuviese, mejor sería la imagen captada del Gabo.
Los minutos eran pensados. De todos lados salían voces con acento mexicano que cortaban la concentración de los lectores que continuaban con sus libros abiertos. En muy poco tiempo, los jóvenes cerraron las puertas y colocaron el letrero de Cupo lleno, que indicaba que nadie más entraría, ni siquiera periodistas extranjeros.
Antes de las cinco de la tarde, otras jovencitas con aparatos de comunicación en los oídos, acomodaban los nombres de los invitados de mil maneras distintas. En poco más de una hora de acomodar y acomodar se vio que el nombre del Nobel estaba. Sí viene, pensé.
Cinco minutos pasados de las cinco, un coro de aplausos dio la señal de que ya estaba en la sala el escritor mexicano más relevante, el que recibe y recibirá todos los homenajes que se le brinden, vengan de donde vengan. Carlos Fuentes de cerca, por primera vez, era un octogenario fuerte, alto y vestido muy formal. Su rostro brillante, un poco hundido en la boca que a unos cinco metros asemejaba una línea horizontal necesaria para soporte de un bigote de color negro.
Antes de tomar asiento, en el centro de la mesa, saludó de lado a lado al público, dejando escapar frases que no se entendían por la euforia en la sala.
Cuando terminó el homenaje, las personas se quedaron en los asientos. La entrada del Gabo estaba en la puerta de la esquina. Así fue, con el tiempo justo para reacomodar los nombres de la mesa, porque se sumaban otros invitados.