La sección del mundo navideño está desplegado sobre 10.000 pies en la segunda planta del conocido centro comercial Harrods, y contiene todo tipo de regalos y objetos de decoración. Para que todas las campanas hablen
con los vientos del mar y de la tierra
de este hallazgo recóndito y perfecto,
mi voz ha de subir hasta la rama
más alta del dolor crucificado. Tan sólo así podré saberme libre
de mezclar con mi arcilla sin congojas
la miel fraterna de los labios mustios
de todos los que mueren en silencio
porque sigan creciendo sus palabras.
distantes del reposo que por tu carta encuentro,
un reposo de sangre y una silla de llamas:
un sitio donde el aire tiene tu angustia lengua.
Sé que aquí estoy interrogándome
igual que un lirio que de repente se doblara
por su propio color y el peso del rocío,
y que tu nada sabes
del arpa que sucumbe bajo una mar de espinas. Estoy ante ti y un toro
negro cruza la plaza del pueblo con que sueñas:
un pueblo sumergido en tus cabellos
con hombres, frutas, ríos, turpiales y ventanas
que, tal vez, nunca a flor de piel será realmente tuyo,
porque nada es de nadie
en ese pueblo de relámpagos
que yo también habito en tu memoria:
¡oh dulce hoguera lejana y vespertina! Ahora pregunto: ¿Dónde está el agua que en tus manos
desafiaba la noche e impelía
tu cuerpo al fondo de una inmensa calma
rodeada de peces amorosos?
Desde entonces miraste muchas cosas
y ninguna otra máscara habrá quedado
igual a la de un ángel sin alas y desnudo
añorando tu patria de labios encendidos.
He contestado que tu risa era lo que el viento
traía entre las hojas de los mangos;
que el quejido de muchos animales
algo tuyo tenía al volver de la espuma y de la nada.
y que sólo te entrego un vaso de tinieblas
cuando es tu sed de rosas blancas.
Pero ¿lo oscuro no es también lo claro
y no la carne arcilla mezclada
de agua gris y luceros que el día lentamente borra?
La voz del bardo y los antiguos dioses
es una alfombra de mil hilos trenzados,
y solo uno de ellos nos conduce
de la vida a la muerte sin desvíos. Llueve dentro de ti y tus abuelos
tienen nostalgia de los grillos y las uvas silvestres,
de las iguanas que todavía corren por tu sangre
devorando raicillas
y la música lenta del recuerdo.
Llueve dentro de ti y apenas si te moja
el oleaje de azules ruiseñores
que cantan en tus sienes
y alejas con un gesto de náufrago dormido,
mientras cruzan por tus ojos millones de automóviles
hacia los últimos arbustos
que aun retienen al cielo en su follaje. No puedo verte
cargar sobre tus manos la culpa de Hiroshima,
la parte que te toca de esa sangre quemada
que aulla en medio de los prósperos años como un perro de oro.
(barro un poco cocido y nada más, si no lo sabes)
con una tea y después, engullir, el Día de Gracias,
un pavo como un niño de Kentucky. No puedo verte derramar, allá en Los Ángeles,
tu castillo te helechos y neblina,
un oscuro desprecio en el rostro florido de antiguos mexicanos
que te ayudan a ser fuerte y sobre ellos ejecutas tu pujanza. Ves: los poetas no están mudos
sólo que pocos son quienes escuchan,
porque es más fácil comer ostras
en copas de cristal y llevar a los labios
dulces manzanas limpias de ceniza,
y decir luego, la voz del histrión es la que vale,
aquella que acaricia nuestro orgullo
como un gato de angora.
que el hombre siempre comerá su pan de versos
y beberá su vino
cuando el amor construye las torres de esmeralda
en los días nupciales,
o cuando las deidades misteriosas
penetran el dormido ser de un niño,
y la muerte lo carga entre sus brazos
húmedos como el mar y como el mar profundo. Ahora te digo adiós. Tal vez mañana
si crecen, nuevamente, jazmines alrededor de tu memoria
un caballo de fuego correrá por el aire
y pasará ante tu puerta.