Los amigos de sus hijos son personas muy importantes para ellos. Como lo es usted. Pedirle que los eche a un lado o tratar de alejarlos de ellos es una batalla perdida de antemano, si no hay una razón de peso y con evidencias para hacer tal petición. Podría salirle el tiro por la culata y abrir una brecha entre usted y sus hijos.
Más bien trate de ganarse a los amigos de sus hijos. Ábrales las puertas de su casa, conózcalos y aconséjelos también si es necesario. Todos ganarán.
Viven momentos en que están en la búsqueda de su identidad. Justo ahora su autoestima podría sufrir un revés si quienes estamos en su derredor no somos sensibles y no nos damos cuenta de lo vulnerables, desorientados y confusos que están o si por malas asociaciones son víctimas de otros de su misma edad o adultos que se aprovechan de ellos.
¡Alto allí!, pareciera decirnos con sus consejos que invitan a la reflexión el Padre Ochomogo.
Ni opresión ni libertinaje pagan bien.
Es el parecer de nuestro interlocutor que es mala política la de los padres, que pretendiendo controlar a los adolescentes y jóvenes usan la vara, el castigo, para disciplinarlos, en vez del diálogo y la escucha empática para orientarlos.
Si ellos encuentran en las figuras paterna y materna especies de dictadores, en vez de guías, asociarán el hogar con un lugar de represión. Buscarán escape. Pueden acertar o equivocarse. Pueden caer presa de pandillas, donde se les acepta y se le abren puertas anchas, aunque con condiciones. Tarde se dan cuenta del alto precio que tienen que pagar por esa "aceptación". He allí por qué es importante la prevención.
La represión, la contradicción, la imposición van a atizar esa rebeldía propia de esa edad. Es mejor bajar un tanto la guardia, eso sí, sin dejar que el muchacho caiga en el libertinaje. Disciplina con amor es lo que va a producir buenos frutos, ya que el muchacho necesita directrices, pero cierto margen de libertad y participación en la toma de decisiones clave en su vida: como la elección de carrera y posteriormente de pareja.
En la construcción de su proyecto de vida, los adolescentes y jóvenes necesitan aliados, no adultos que les pongan barreras, los hagan sentir incapaces o como en un callejón sin salida.
Estar abiertos a escuchar a los muchachos, mostrar interés por sus asuntos, tomar en cuenta lo que piensan y sienten es pertinente. Es el parecer del Rvdo. Ochomogo que urge tender puentes intergeneracionales.
El joven necesita reafirmarse, ganar confianza en los adultos, en la autoridad. Ha de demostrársele que aún hay modelos dignos de ser emulados. Que los adultos no han perdido el liderazgo. Que hay asociaciones positivas, con un norte bien definido, con fundaciones serias, donde los valores fundamentales siguen vigentes. Han de sentir que pueden hallar una pareja confiable, que la Iglesia también es un lugar para crecer individual y colectivamente, que la amistad no está pasada de moda.
Que se sientan identificados con modelos positivos depende mucho de que haya concordancia entre lo que se predica y lo que se practica. O sea, hay que vivenciarlo.
Los padres de hoy fueron jóvenes de otro tiempo, en que quizás sentían también que sus padres no los comprendían. Que estaban desfasados. Por eso, deben ubicarse en el tiempo que vivimos, ver las instancias que inciden en la conducta juvenil: la moda, la música, los medios de comunicación, el ambiente..
La educación también necesita adecuarse a las necesidades, retos y circunstancias del mundo actual.
Por otra parte, recalca el Padre Ochomogo que para ganarse la confianza del joven, el padre ha de respetar el ambiente del hijo, pero no desconectarse.
En sus diálogos con los jóvenes él se ha podido percatar de que ellos a veces se sienten como extraños en su propio hogar, porque los padres están muy ocupados para escucharlos y dialogar con ellos. Y se resienten.
Opina que esos canales de comunicación deben abrirse, construirse. Es una tarea constante en la que vale la pena invertir tiempo y esfuerzo.