T al es su pasión por el mar “que los ojos no me alcanzan para mirarlo y pintarlo”.
Desde que era niña, allá en la isla caribeña, esta escritora cubano-mexicana encontró que su elemento era el agua.
Nadaba horas y horas. Incasable se sumergía en las aguas del mar, explorando, descubriendo, admirando. Una especie de veneración por el mar creció con ella.
Trabajó casi diez años en la Academia de Ciencias de Cuba y tenía que navegar alrededor de la isla en barcos de investigación.
“Escuchaba las historias que me contaban los grumetes. Yo vivía esas aventuras”, señaló.
Ha escrito como periodista de temas ambientalistas innumerables artículos sobre el mar, ecosistema que ha hallado en ella una admiradora y apasionada defensora: de su flora y su fauna.
Porque está convencida de que del respeto que demostremos por el mar depende, hasta cierto punto, la supervivencia de la especie. Trata de crear conciencia sobre esa irrefutable realidad entre la comunidad de la aldea global, especialmente entre la niñez y adolescencia. Lo hace en sus artículos y en sus cuentos, en los que los personajes casi siempre son animales marinos o el propio insondable, mar verdeazulado que es fuente de alimento, empleo y puente que une a tantas heterogéneas culturas del orbe. Mar que es de todos y de nadie.
Cuba, México, Centroamérica (especialmente Costa Rica) y ahora Panamá, conocen de la obra literaria de Emma Romeu.
Su libro “Azul y otros relatos del mar”, según dice la escritora: “es mi canción al mar después de estar viviendo en el Distrito Federal, lejos del mar. Es mi forma de regresar a él, a través de los cuentos. Por eso estoy tan feliz en Panamá. Este país es para venir a hacer turismo”.