Ante un obstáculo en la carretera, que se visualiza de repente, la reacción normal del conductor es frenar. El mecanismo que se activa una vez que se presiona el freno consiste en el empuje de un material resistente -las llamadas pastillas- contra los discos o tambores.
La presión ejercida hace que disminuya la velocidad hasta que finalmente el carro se detiene. Normalmente, en las fichas técnicas de los diferentes modelos de autos encontramos los frenos de disco y los de tambor.
En el caso de los frenos de disco, las pastillas presionan a ambos lados y cumplen su función de manera efectiva. Cuando son de tambor, las pastillas presionan la parte interna de éstos. Pero en cualquiera de los casos, se genera calor por el proceso de fricción, calor que debe disiparse en pocos minutos porque de lo contrario los frenos tienden a recalentarse y generar desde fallas menores hasta daños permanente de los mismos.
Si se estudia la vulnerabilidad tanto de frenos delanteros como traseros, los primeros son responsables del mayor porcentaje de potencia en el frenado; los traseros son más susceptibles al recalentamiento. Para reducir el efecto del calor existe el líquido de freno. ¿Cómo actúa? Cuando quien conduce presiona el pedal de freno el líquido sale de su depósito hacia cada neumático o caucho a fin de empujar las pastillas contra los frenos, independientemente del tipo que sean, logrando que se reduzca la fricción y en consecuencia la generación de calor.
Este material está expuesto a altas temperaturas; sin embargo, para cumplir su función tiene la propiedad de que no se evapora. Por el contrario, en el caso de las temperaturas bajas, el líquido de freno debe mantener su fluidez. En general, se estima que debe soportar temperaturas de hasta -50 grados centígrados, que ya es bastante decir.