Una obra no se hace de la noche a la mañana. Tampoco se compone de trozos de buena narrativa o logrando a ratos darle vida a un personaje y dejando a los demás a la total imaginación de un lector. Peor aún es que se escriba una obra con todos los parámetros determinados, como lo es la cantidad de páginas que estipula las bases del concurso.
En Panamá las buenas novelas se escribieron años atrás. Y las producciones que salen ganadoras del concurso Ricardo Miró no llenan el vacío de creatividad narrativa.
La obra "La casa que habitamos" de Barría Alvarado parte de un hecho que lleva a adentrarse en el siguiente capítulo. No es todos los días ni sucede a todas las personas que le aparezca un cadáver de una mujer hermosa en la bañera, y menos cuando se tiene el compromiso de recibir un cargo político importante. Aquí el elemento tiempo le agrega más tensión a la trama. Tendrá menos de 24 horas para solucionar u ocultar ese problema si aspira aún al cargo que le espera.
Lo que bien se coloca en la entrada, se oculta en el capítulo siguiente. El uso de la caja china o la inserción de otras historias dentro de la historia, caso Mario Vargas Llosa, baja en demasía el ritmo de la novela, estando aún en el segundo capítulo. Lo que sucede en los siguientes es la solución de la trama, buscar el culpable y, sumarle dos elementos: novela negra y policiaca.
No concuerda.
Los miembros del jurado exponen que una de las razones por las que fue merecedora esta obra era una dosis de humor en la exposición de los temas, este punto no es tan visible como en las novelas de humor "Viajes con mi tía" y "Nuestro hombre en la Habana", por mencionar algunas.
Lo que si es notable en la escritura de esta novela es que algunos personajes son tratados con sumo cuidado, como el de la limpiadora de apartamentos, que hasta tiene un apodo que contrapone sus funciones, pero que no cae en el humor, y el del Santo que sufre una desgeneración que luego se santifica cuando Esteban Fontanera aparece en su vida.