La reciente misión Mars digio tecnológico. Sin embargo, sólo a la vuelta nos enteramos de que, a pesar de tanta sofisticación técnica, lo que realmente necesitaba el vehículo de la misión en Marte, aquel pequeño y simpático robot teledirigido que se afanaba buscando rocas sobre suelo marciano, era un simple y ordinario cepillo. Se quedó en la Tierra. ¿Para qué necesitaba un cepillo? Resulta que el cepillo austen era vital para el éxito de la misión. Le habría permitido sacar lustre a las rocas marcianas, es decir, eliminar la capa sedimentaria de polvo para regsitrar, de ese modo, datos espectográficos de las rocas en cuestión. Sin cepillo, no se sabía muy bien qué estaba siendo analizado, si la roca protagonista o su maquillaje mineralógico. Los analistas terrestres de la misión, dejándose llevar quizá por un exceso de vehemencia y confianza dada la fascinación pública que despertó el artilugio, cometieron una ligera indiscreción recogida por la prensa: bueno, no importa demasiado que olvidáramos el cepillo (y no se sepa cómo interpretar los datos recogidos) porque, después de todo, el propósito principal de la misión era la puesta a prueba de esta tecnología (ibídem). Una tecnología que funcionó muy bien a pesar del olvido del dichoso cepillo. Vamos a ver si lo hemos entendido bien: ¿se envía una nave a Marte para enviar una nave a Marte? ¿Es posible que la misión fuese la propia misión?.
La última moda en la aventura espacial es buscar agua: el principio y fundamento de todas las cosas, en la imaginación del filósofo jónico Tales de Mileto. ¿También aquí buscamos agua para encontrar agua? Para qué queremos buscarla tan lejos? Obviamente no para satisfacer las necesidades del agua potable en tantas partes de la Tierra; para ello no necesitamos ir tan lejos. ¿Para qué entonces? En ocasiones se nos dice que para descongesetionar la Tierra, llevando vida terrestre a otros lugares como la Luna, de ahí el revuelo causado en los medios de comunicación por el supuesto descubrimiento de agua (en realidad barro congelado) en nuestro satélite pro el espetrómetro de neutrones de la sonda lunar Prospector, que mereció lugar destacado de diarios terrestres como El País, Madrid (6-3-98, p. 7-3-98, p.1.) Es la fiebre del agua, que según cálculos de la NASA, podría llevar a dos mil personas a la Luna durante un siglo (ibídem). En otras ocasiones se busca agua por un motivo más fascinante: como indicio de posible vida extraterrestre. Se supone que agua, más calor interior del planeta, más potencial llegada de material orgánico en meteoritos, es igual a posibilidad de vida. Es el caso de Europa, el satélite de Júpiter, en el que la sonda Galileo parece haber encontrado recientemente indicios de océanos semicongelados. (El País, Madrid 3-3-98, p. 26). Recuerda inevitablemente a los famosos y ya olvidados canales marcianos que tanto estimularon la imaginación en el pasado.
Sigue sin estar claro para qué necesitamos buscar agua extraterrestre. ¿Agua porque sí? Desde luego no podemos tomar en serio eso de descongestionar la Tierra: dos mil terrestres menos no son un gran cambio. Y además, como todos sabemos, hay medios más sencillos y baratos de solucionar el problema, que, por cierto, pueden depender más del nivel de vida y de educación que de los avances tecnológicos (planificar la natalidad o explotar la Antártida son las opciones). Pero el argumento de la vida extraterrestre es aún peor. Es simplemente provinciano. Creer que no puede haber vida sin agua es como creer que no puede haber inteligencia sin materia gris (nos guste o no, la inteligencia en máquinas es una posibilidad cada vez más cercana); es como confundir la vida con el color verde (ningún animal tiene mucho futuro con ese color en Almería). Bertrand Russell nos ayuda a ser un poco más modestos: somos, como especie animal, una más entre una amplísima variedad de seres vivos que pueblan o han poblado la Tierra; nuestro planeta, además, es un pequeño cuerpo en las cercanías de una estrella media, no muy grande ni tampoco pequeña, que está situada en un barrio periférico de la Vía Láctea, una humilde galaxia que forma parte Por el hecho de que la vida, ni siquiera ya la inteligencia, esté asociada al agua en nuestro pequeño planeta, es arrogante y antropocéntrico pensar que no puede ser de otro modo. Es como imaginar un dios y concebirlo a nuestra imagen y semejanza.
Reconocer que la Tierra no estaba en el centro del universo, que el ser humano procedía del mono, o que los indios tenían un alma, nos hizo más sabios y más justos. Seguir empeñados en restringir nuestro concepto de vida o nuestro concepto de inteligencia a nuestras condiciones locales es una opción legítima, como lo es para una rana creer que sólo lo que se mueve puede comerse, y, desde luego nos va a granjear pocas simpatías extraterrestres. El asunto no puede ir tan desencaminado; puede ser que sentemos disparando sobre el pato de madera. Si se piensa mejor, quizá también aquí sea cierto que el principal propósito de esa enloquecida búsqueda de agua por el sistema solar no sea el de encontrar nuevos amigos, sino más bien, como en el caso del Pathfinder, poner a prueba nuevas tecnologías.
¿Qué estamos haciendo en el espacio? se pregunta también Timothy Ferris recientemente ("Some Like Hot", The New York Review of Books, XLIV/14, 1997). El Shuttle, dice este autor, fue diseñado para transportar regularmente astronautas y suministros hasta una estación espacial permanente. Sin embargo, después de miles de millones de dólares gastados en procesos sin fin de diseño y revisiones, después de implicar en el proyecto a la mitad de las naciones industrializadas, la "estación espaical internacional", como se llama ahora, no ha sido construída. Ni tampoco hay una razón clara de por qué debería serlo, a menos que uno acuda a argumentos acerca de preservar la infraestructura tecnológica occidental en la industria aero espacial, un fin que, en cualquier caso, podría ser alcanzado de muchas otras maneras. Terminada la guerra fría, añade Ferris, la estación espacial está todavía en un horizonte lejano y difuso, como lo estaba durante décadas, y se nos dice que los astronautas utilizan fondos públicos y arriesgan sus vidas en la Mir y el Shutle para probar nuevas tecnologías, para "saber más". ¿Pero saber más acerca de qué? Posiblemente sobre la vida y el trabajo en el espacio: récords de permanencia en órbita, experimentos con micro gravedad, paseos espaciales, etc. Pero esa razón puede ser utilizada para justificar casi cualquier cosa, no importa lo absurda que sea. Es como si San Simeón Estilita, al ser preguntado en el siglo V por qué se había pasado más de treinta años sentado sobre el ápice de una columna, hubiese respondido que quería saber más sobre cómo es la vida y el trabajo sentado sobre una columna. Lo peor es que el anacoreta sirio creó escuela y tuvo seguidores.
Las cosas no pueden ser tan desconcertantemente simples, podemos sospechar con razón. Es verdad que si empezamos justificando los medios en función de difusos y altruitas fines hipotéticos y en una suerte de pirueta lógica, los medios pueden llegar a justificarse a sí mismos. Pero hay otros servicios, mucho más pedestres, que presta en nuestro planeta la industria aero espacial. Con cada dólar gastado en el programa espacial norteamericano, igual que con cada medalla ganada en una olimpíada, hay al menos un corazoncito en el Medio Oeste que se conmueve, por no hablar de los tiempos de la guerra fría. Hay también alguien que se enriquece, y otros muchos cuyo escaso sueldo depende directa o indirectamente de ello. Debemos ser realistas: los intereses de numerosos colectivos sociales están ligados, en países como EE.UU., a la industria del espacio; son muchos los propósitos a los que sirve una tecnología tan profundamente arraigada en la estructura socioeconómica norteamericana como el programa espacial. Es una desgracia que salvar vidas en Africa no forma parte de la agenda espacial, ni a corto ni tampoco a largo plazo. Y también es muy dudoso que los paseos orbitales o la colonización de otros planetas vaya a hacer del nuestro un lugar más civilizado, un planeta donde tantas personas tienen hoy que morir de hambre o de enfermedades curables. Aunque por desdicha sean ya demasiado familiares, tenemos la obligación de no olvidar ciertas cosas, desde luego mucho más importantes que un cepillo en Marte.