NACIÓ en Belén, se hizo hombre y se sacrificó por la humanidad. Siempre predicó el amor como el sentimiento que hace posible el entendimiento entre las personas, por encima de diferencias de cualquier índole.
También insta a compartir con los más necesitados. Y, en esta época en que la gente se vuelca a los comercios, producto del bombardeo de anuncios de baratillos y cuando se nota más el desbalance social y mientras unos ríen otros lloran, es bueno recordar que el prójimo es tu mejor hermano. Aunque no le conozcas, si sabes o intuyes que sufre, que tiene algún padecimiento, que está solo, que le falta consuelo, que requiere orientación, que carece de medios para sobrevivir, que está desempleado, que le preocupa algo, que está frustrado, que siente que no le importa a nadie, que le es indiferente lo que sucede en su derredor, haz algo para cambiar esa situación. A veces lo único que necesitan las personas es alguien que las escuche. Este es el caso, por ejemplo de los/ls adultos/as mayores, a los cuales la sociedad, negligentemente, abandona.
Enseñar a los niños cuando piden para sí bienes y buenaventuras que recuerden incluir a los demás es provechoso, les enseña solidaridad, que no son el centro del mundo y que si nos ayudamos unos a otros nos va mejor.
Con un detalle, una actitud, un regalito que no tiene que ser costoso puedes hacer feliz a alguien. Hogares de niños, hogares de ancianos, hospitales, cárceles, son lugares donde puedes hacer la diferencia. Sólo requieres buena voluntad.