Estos poemas de Adán liberado constituyen una definición de su amor, una declaración de lucha, en momentos en que los bandos tienen su color. Así lo expresa en su poema, "Para que luego suban los hombres por mis venas": "Mientras que desde el átomo invisible hasta hoy despunta impetuoso en mis palabras, / seguiré siendo un grito sobre el viento / por donde subirán, con pasos rojos, / los mudos afilados / de aquellos que sollozan y esperan".
Nótese que no se trata de que Bermúdez no recurra a las figuras poéticas o que sean estas opacas y menos que la de sus otros poemas; por el contrario, son magníficas, pero a la vez claras como ésta de su poema "Sollozos por Rubén Ibarruri: "Lejos del meridiano de tu risa sin pétalos, / de tus agudos labios desinflados de amor y de protestas".
Para luego suban los hombres por mis venas
hasta la aguada cúspide de mi desligamiento,
y froten sus esclavas coyunturas incompletas y mustias
sobre el imán de mi conciencia incombustible,
es necesario que mi liberación no se límite solamente
a mi cuerpo amasado de lamentos
y a su pesada sombra flagelada de cardos. Jamás han de servirme
los cármenes de júbilo que brotan de mi angustia
disuelta sobre el ángel de mi descubrimiento,
si hay rostros que prosiguen sumergidos
en los hondos espejos de sus manos,
eternamente atadas
por coágulos de arrugas, naufragios y derrotas;
porque si alguna vez he de sentir la fresca lengua
de la brisa
corriendo por mi sueño desvelado,
ha de amargar mentalmente la azúcar de la tarde
la convicción de que mi llanto perdura en otros ojos
de párpados lejanos e inauditos. Mientras que desde el átomo invisible hasta el voraz
planeta
no corra este fluído, emancipado de cadenas y amarres,
que hoy despunta impetuoso en mis palabras,
seguiré siendo un grito sobre el viento
por donde subirán, con pasos rojos,
los mudos corazones afilados
de aquellos que sollozan y que esperan.
("Adán Liberado")
de tus agudos labios desinflados de amor de
protestas,
casi hubiera creído que tu apagada voz de luna consumida
y tus cerrados dedos de luchador empedernido y trunco
no fueran para mí más que retórica de muerte
brotando a borbotones de un fonógrafo.
Pero tan es mi realidad que solloce en tu muerte lejana y
hemisférica,
que enlute el corazón por tu aventura bellamente cumplida
de joven buzo sumergido en banderas de esperanzas,
que hoy siento, con el trópico de mis sueños impávidos
el peso de tus nervios derretidos y el sabor de tu
sangre desbocada
por las tiernas raíces de mi lengua. Nada quiere decir tu eterna lejanía opaca sobre el reloj
de mi cerebro atropellado por tu herida,
que tu presencia es inmutable y fresca aunque los mapas
rabien,
que hablo sobre tu viva angustia prisionera del lodo y
del gusano
como si yo tuviera que clavarme en tus sesos para
sentirte cerca,
para indentificarme mis con el secreto fósforo que encendía
tus dientes
más allá del delirio rojo del puñal y del rifle. Si entre los dos cupiera apenas un milímetro de idearium
diferente,
el álgido hundimiento de tus manos con su pesado y denso
estrépito de agravio consumido
no llenara de círculos amargos el agua acostumbrada
de mis ojos,
ni pudiera entender el despilfarro de tu galante corazón
de guerrillero
rodando por las charcas de cráneos oxidados y profundos
como una lujuriosa estrella de vidrio ensangrentado y
dulce.
Si no hubiera sentido tus músculos de cobre bendecidos
de púas,
tu palabra de fuego limpia de madreperlas y adornos insensibles,
tu jocundo silencio repleto de horizontes y pájaros
colmados,
todos estos sollozos extraídos del árbol de mi angustia
se hubieran extraviado por las oscuras rampas de niebla
de tu muerte
antes de que los ángeles hubieran hundido sus metales en
mi voz aplomada.
("Adán Liberado")
batiendo entre la sangre de los muertos
su infinita bandera de esperanzas
cuando la aurora diga su mensaje
de luces tras la noche del martirio. Si la espera es tan larga como un río
dando vuelta entre valles y montañas,
las raíces de amor serán más hondas
y las manos opacas de la vida
se abrirán como pétalos del cielo. Para que todas las campanas hablen
con los vientos del mar y de la tierra
de este hallazgo recóndito y perfecto,
mi voz ha de subir hasta la rama
más alta del dolor crucificado.
de mezclar con mi arcilla sin congojas
la miel fraterna de los labios mustios
de todos los que mueren en silencio
porque sigan creciendo sus palabras. No se si bajo o subo desde planos
distantes del reposo que por tu carta encuentro,
un reposo de sangre y una silla de llamas:
un sitio donde el aire tiene tu angustia lengua.
Sé que aquí estoy interrogándome
igual que un lirio que de repente se doblara
por su propio color y el peso del rocío,
y que tu nada sabes
del arpa que sucumbe bajo una mar de espinas. Estoy ante ti y un toro
negro cruza la plaza del pueblo con que sueñas:
un pueblo sumergido en tus cabellos
con hombres, frutas, ríos, turpiales y ventanas
que, tal vez, nunca a flor de piel será realmente tuyo,
porque nada es de nadie
en ese pueblo de relámpagos
que yo también habito en tu memoria:
¡oh dulce hoguera lejana y vespertina!
desafiaba la noche e impelía
tu cuerpo al fondo de una inmensa calma
rodeada de peces amorosos?
Desde entonces miraste muchas cosas
y ninguna otra máscara habrá quedado
igual a la de un ángel sin alas y desnudo
añorando tu patria de labios encendidos.
He contestado que tu risa era lo que el viento
traía entre las hojas de los mangos;
que el quejido de muchos animales
algo tuyo tenía al volver de la espuma y de la nada. Dirás que mis palabras son oscuras
y que sólo te entrego un vaso de tinieblas
cuando es tu sed de rosas blancas.
Pero ¿lo oscuro no es también lo claro
y no la carne arcilla mezclada
de agua gris y luceros que el día lentamente borra?
La voz del bardo y los antiguos dioses
es una alfombra de mil hilos trenzados,
y solo uno de ellos nos conduce
de la vida a la muerte sin desvíos. Llueve dentro de ti y tus abuelos
tienen nostalgia de los grillos y las uvas silvestres,
de las iguanas que todavía corren por tu sangre
devorando raicillas
y la música lenta del recuerdo.
Llueve dentro de ti y apenas si te moja
el oleaje de azules ruiseñores
que cantan en tus sienes
y alejas con un gesto de náufrago dormido,
mientras cruzan por tus ojos millones de automóviles
hacia los últimos arbustos
que aun retienen al cielo en su follaje. No puedo verte
cargar sobre tus manos la culpa de Hiroshima,
la parte que te toca de esa sangre quemada
que aulla en medio de los prósperos años como un perro de oro. No puedo verte correr tras de los negros
(barro un poco cocido y nada más, si no lo sabes)
con una tea y después, engullir, el Día de Gracias,
un pavo como un niño de Kentucky. No puedo verte derramar, allá en Los Ángeles,
tu castillo te helechos y neblina,
un oscuro desprecio en el rostro florido de antiguos mexicanos
que te ayudan a ser fuerte y sobre ellos ejecutas tu pujanza. Ves: los poetas no están mudos
sólo que pocos son quienes escuchan,
porque es más fácil comer ostras
en copas de cristal y llevar a los labios
dulces manzanas limpias de ceniza,
y decir luego, la voz del histrión es la que vale,
aquella que acaricia nuestro orgullo
como un gato de angora. Pero tú eres distinta y yo te anuncio
que el hombre siempre comerá su pan de versos
y beberá su vino
cuando el amor construye las torres de esmeralda
en los días nupciales,
o cuando las deidades misteriosas
penetran el dormido ser de un niño,
y la muerte lo carga entre sus brazos
húmedos como el mar y como el mar profundo. Ahora te digo adiós. Tal vez mañana
si crecen, nuevamente, jazmines alrededor de tu memoria
un caballo de fuego correrá por el aire
y pasará ante tu puerta.