Hoy, las madres modernas nadamos en muchas aguas. Tenemos que velar por nuestros hijos, ocuparnos de la casa, rendir y escalar posiciones en nuestros empleos y "mantener contentos" a nuestros esposos, todo esto sin dejar de vernos delgadas, jóvenes y hermosas. De allí que muchas que nosotras nos estresamos y sentimos culpables cuando no podemos llenar los estándares que nos impone la sociedad moderna.
Bien lo explica el psiquiatra Luis Rojas Marcos en su libro Latidos de fin de siglo: "la gran mayoría de las mujeres se enfrenta al penoso desafío de compaginar su misión de madre con sus intereses o actividades profesionales. Dilema que a menudo se toma amargo y amenazador, y que refleja la complejidad, confusión y el enorme reto que supone la maternidad en el nuevo siglo". Esta angustia y complejo de culpa por "abandonar" a nuestros hijos se refleja en la actitud que tenemos en casa y en la poca motivación con la que trabajamos.
Decir que tenemos que dejar de sentirnos culpables es fácil, hacerlo, eso es lo difícil. Podemos comenzar por aceptarnos como seres humanos imperfectos y reconocer que necesitamos ayuda. Deleguemos responsabilidades con nuestra pareja e hijos y si las cosas no salen según a lo acordado, no hagamos el trabajo de otros. Es un principio, nada sencillo, pero "por algo se empieza".
Con suerte la agonía termina pronto y en la mesa de parto, después de varias pujadas, ves a un hermoso bebé. Lo tomas en tus brazos, das gracias a Dios y olvidas todo lo que has sufrido... hasta que el médico empieza a coserte.
La labor de madre apenas empieza, esa criatura gritona que no te deja dormir, crece más rápido de lo que imaginas. Rompe tus cosas, hace travesuras y te mira a los ojos de una manera tan especial que crees que el corazón se te saldrá del pecho.
Lo crías lo mejor que puedes, termina una carrera y forma una familia (no siempre en ese orden). Te da lindos nietos a los que adoras y rezas para que todo salga bien. El amor de madre no termina ni con la muerte, es inmortal como el alma.
Inconvenientes, si hay muchos: tu cuerpo a veces no queda igual, tu paz se termina porque vives preocupada por esa personita y tus prioridades cambian; por más que te esfuerces, siempre habrá ropa sucia y desorden. Pero las recompensas son incontables: sonrisas que alegran tus días, ocurrencias geniales, abrazos y caricias de manos suaves y la admiración perpetua de un ser humano mejor que tú.
Desde el punto de vista del esposo:
La abstinencia del primer trimestre.
La abstinencia del tercer trimestre.
La cuarentena.
Dormir al lado de unos pechos muy sensuales que no se pueden tocar, so pena de un rocío lácteo.
Los "tranquilízate amor, los niños se van a dar cuenta".
Cuando pequeños: Que te vistan con ropas "muy lindas", pero decididamente incómodas y calurosas. Luego: quieren que te vistas como una "vieja" o un "viejo".
Los regaños escalonados. Sueltan la "regañuza" y se calman, a la media hora se acuerdan y vuelve el sermón.
Que cuando te niegan los permisos y preguntas la razón te respondan: "Porque no" o su equivalente: "Porque yo lo digo".
Que no entiendan que como varón es tu deber sagrado caerte, golpearte, rasparte, romperte un hueso o un diente y pelearte a puñetes para que te respeten.
Que no les entre en la cabeza que si acabas de estar con tus amigas, tengas que hablarles por horas por teléfono o el hecho de que te guste el guapo de "Carlos" que viste (según ella) como un vagabundo y tiene "piercings" en la lengua, en una ceja, en la nariz, un huecote muy sexy en la oreja y otros tatuajes de lo más "cool".