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Sin miedo a la muerte


Aunque la muerte despierta miedo y dudas por lo desconocido, es posible superar todos los temores, si comprendemos el verdadero valor de la vida.
Una de las enseñanzas más valiosas que nos han legado las corrientes filosóficas orientales, gira en torno al bien morir. Para ellos, el morir es tan importante como cualquier evento de la vida, y ponen en ello un especial cuidado. A todos se nos ha cruzado por la mente la inevitable idea de la muerte, lo que a veces nos produce diferentes miedos:
  • A lo desconocido.

  • Al momento de la transición.

  • Al sufrimiento y dolor físico previo.

  • A la separación de los seres queridos.

  • A la evaluación de la vida.

  • A dejar asuntos pendientes.

  • A causar dolor a los demás.


Nadie desea para sí mismo una enfermedad, una larga agonía o una etapa de dolor. No obstante, no muchos reciben una muerte "ideal". Casi siempre ésta viene acompañada de algún tipo de crisis. La agonía y la enfermedad son momentos favorables que se nos dan para que podamos lograr un cambio y un aprendizaje, y para darle un buen cierre a la vida.
La filosofía oriental menciona dos factores importantes que determinan un buen morir: La calidad de la vida de la persona y la atención y conciencia que se ponga al momento de la muerte.
Se refiere al grado de amor y compasión que se ha tenido a lo largo de la vida; al aprecio, agradecimiento y aceptación que se ha puesto a todo lo que está alrededor. Muchas personas pasan largos años atrapados en la turbulencia de su vida diaria, produciendo y acumulando, pero cerrados al amor, a la amistad, a la belleza, a la naturaleza, al arte, a la justicia y al cuidado del espíritu. A ellos, una enfermedad larga -por extraño que suene-, les brinda la oportunidad de vincularse de nuevo con el amor de sus seres queridos; representa una ocasión de perdonar y pedir perdón, la posibilidad de soltar todo aquello que les había vuelto amargados y posesivos.
Un paciente terminal puede, en esos meses previos al final, reconciliarse con la vida y ponerse en paz con el mundo y con su pasado. Tiene la circunstancia ideal para buscar una verdad superior con mayor profundidad que en todos sus años anteriores. Después de todo, ya que morimos solos y no podemos llevarnos nada, al final debemos renunciar al control que pretendimos ejercer sobre los demás y sobre las cosas, y dejarnos llevar suavemente hacia el terreno de lo espiritual.
Este es un factor muy descuidado. Se tiende a pensar que el enfermo no debe saber que está por morir, se intenta distraerlo del evento, engañarlo o hasta evadirlo con tranquilizantes innecesarios. No decimos que el enfermo tenga que sufrir dolores, sabemos que los analgésicos son una gran ayuda, pero es necesario que conozcan lo que está pasando con ellos, aunque se trate de un niño pequeño, pues tienen el derecho de saber que están en el final del ciclo vital, del cierre, y merecen la opción de aprovechar al máximo esa etapa para ponerse en paz con la vida y con ellos mismos.
Mientras llega el momento de la muerte, hay un compromiso de amor con esos seres queridos. Se necesita ayudarles a superar el temor, a confiar en una fuerza mayor, a dejarse ir en paz; sobre todo en esas situaciones -desafortunadamente muy comunes-, donde la enfermedad y los tratamientos médicos producen un sufrimiento insostenible para el enfermo, quien se aferra a la vida no porque la esté disfrutando, sino porque tiene mucho miedo.
Es importante también ayudarles a reconciliarse con los demás, a soltar rencores viejos, a liberarse de sus enojos, a aceptar que vivieron su vida de la mejor manera que supieron. El cuidado del espíritu de un enfermo terminal es vital, pues le ayuda a tener una muerte más tranquila.
Todos los seres humanos, sin excepción, merecemos una vida digna y un ciclo vital bien cerrado. Estos aspectos nos ayudarán a subir con la frente en alto a la balsa que algún día nos llevará al otro lado de la orilla.


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120416
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América