La vida es, sin duda, una caja de sorpresas. Para muestra, lo que le ocurrió al Prof. Ricardo Ríos con Rogelio Sinán.
Siendo Ricardo Ríos estudiante en el Instituto Nacional, Berta Cabezas, la esposa de Rogelio Sinán (pseudónimo para Bernardo Rodríguez Alba) era su profesora de español.
La simpatía entre profesora y alumno era grande y nació una bella amistad.
“Berta Cabezas me dio mucha acogida y me protegió y orientó mucho”.
Cuando Ríos se graduó del “Nido de Águilas”, Berta Cabezas lo llevó a trabajar a la librería “El Estudiante”, que estaba al lado del Instituto Nacional y que era propiedad de Sinán.
“Allí tuve la oportunidad de tratar muy de cerca a Rogelio y tratar a sus hijas. Yo lo admiraba como el gran escritor que era. Yo era un chiquillo. Para mí, tratarlo de cerca era un honor. Una experiencia maravillosa.”
El maestro Sinán, recuerda Ríos, en Biblioteca Selecta, revista cultural, promovía a los escritores panameños. Les publicaba sus cuentos.
Por esas cosas de la vida luego el Prof. Ríos estuvo a cargo de la Dirección de Escuelas Secundarias del Ministerio de Educación, donde se desempeñó durante seis años y resulta que tenía como subalterna a Berta Cabezas.
“Yo era el que tenía que dar el visto bueno a un contrato que se le hacía a Rogelio Sinán como promotor literario. Me tocó darle la mano a quienes me la habían dado a mí sin condiciones”.
Cuando él ganó con “La isla mágica” el Premio Ricardo Miró fue personalmente a entregarme uno de los primeros ejemplares. Yo le pedí que me lo firmara. Se negó y me dijo que cuando yo lo hubiese leído y lo invitara a tomar un café, él me lo firmaría. Me leí la obra, publiqué en Panamá América, precisamente, una reseña sobre la novela”.
La reseña la tituló “Rogelio, vamos a tomar un café”. Llamó a Sinán, quien fue a la oficina y le firmó el libro. Entonces le aceptó la invitación.
Ese fue el Rogelio Sinán que Ricardo Ríos conoció y aprendió a admirar. Al que le siguió los pasos.
Enrique Jaramillo.
Opina que “la obra de Sinán no es muy grande en cantidad de libros publicados, dado que vivió 92 años de perfecta lucidez, pero es perfecta. Tanto sus poemas y cuentos como sus dos novelas, no tienen fallas; están signadas por la osadía técnica, el ingenio y la profundidad conceptual”.