Todos coincidimos en la importancia de la lectura como actividad cognitiva, cultural y recreativa que cada día cobra mayor importancia en la formación de los individuos de una sociedad que valora y requiere de una población provista de conocimientos, valores culturales y espirituales.
Reflexionar sobre estas tres interrogantes permite introducir cambios, innovar y llevar a la práctica, bien sea, en la interacción cotidiana del hogar, en el medio escolar y
o en la comunidad actividades que por su ambiente afectivo, motivador y atractivo harán de la lectura un instrumento valorado por los niños en consideración de su indiscutible poder, utilidad y riqueza.
Para saber cuándo es el mejor momento para que el niño entre en contacto con la lengua escrita ayuda reflexionar acerca del aprendizaje de la lengua oral.
Ningún padre espera que su hijo tenga un año para empezar a hablarle. Desde que el bebé se encuentra en el vientre materno y luego del nacimiento los padres le hablan, le cantan, le llaman por su nombre.
Muy pequeños los niños saben que el lenguaje oral sirve para comunicarse, para relacionarse con las personas. Reciben de sus padres y cuidadores los modelos del habla adulta. Este aprendizaje ocurre de manera natural cada vez que los progenitores le conversan a sus hijos acerca de las personas, los objetos que les rodean y las acciones que ocurren a su alrededor.
¡Los padres no dictan clases para que sus hijos aprendan a hablar!
Son tolerantes, pacientes, motivadores en todos los intentos que sus hijos hacen para expresarse por medio del lenguaje oral.
Algo similar sucede con el aprendizaje de la lectura.
Los niños necesitan del modelo de las personas que saben leer.
Requieren interactuar con la lengua escrita con la mediación de quienes están alfabetizados.
El niño estará interpretando y construyendo significados portados por la lengua escrita.
A la pregunta, ¿cómo se forman los lectores?, la respuesta está, parcialmente, en la realidad.
Cuando usted desea que alguien le preste atención, consuma un producto o atienda a un servicio, con mucho sentido común, desarrolla estrategias de animación, venta y atracción para lograr sus propósitos.
Al niño le agradará leer si usted:
Le lee con entusiasmo y afecto. ¡No importa su edad!
Interactúa con la lectura de manera natural.
Selecciona libros atractivos y que respondan a los intereses de su hijo.
Desarrolla la lectura en un ambiente cálido y distendido.
Dialoga sobre lo leído con ánimo.
Crea juegos y actividades divertidas a partir del cuento leído.
Le muestra que mediante la lectura de un procedimiento puede aprender un juego, armar un juguete, preparar una receta, etc.
Visita librerías y ferias de libros.
Para concluir, no olvidemos que la primera escuela es el hogar. Es allí, en el ambiente familiar, donde el niño encuentra los modelos y el ambiente alfabetizador que necesita para el apego y para el aprendizaje de la lectura inicial.
Los niños necesitan manipular, hojear y observar diferentes tipos de textos.
Les favorece también la lectura en voz alta de cuentos, canciones y poesías infantiles.
Es bueno motivarlos a leer señales, etiquetas, letreros, anuncios.
Necesitan los modelos de personas que leen diferentes tipos de textos con propósitos diversos.
Requieren que se les dé respuestas a todas sus interrogantes sobre lo que dice en los textos de libros, reglamentos, mensajes, anuncios, avisos, entre otros.
El contexto escolar y la acción pedagógica del educador juegan un papel fundamental en el aprendizaje de la lectura.
Un ambiente afectivo, con contenidos significativos que consideren la tradición y la cultura es terreno fértil para que nazcan nuevos lectores.