Toda mujer tiene expectativas y algún tipo de inquietud cuando queda embarazada. Con todo y los adelantos tecnológicos, el cuerpo humano, el metabolismo, los cambios hormonales, la edad, los riesgos externos y otros asuntos y factores podrían incidir para bien o para mal en el desarrollo de esa nueva vida.
Pero, especialmente las madres primerizas tienen dudas y temores, porque todo es nuevo para ellas y muchas veces no cuentan con el apoyo de familiares, su pareja o no tienen los medios para llevar un control adecuado de su embarazo y así minimizar los riesgos para el/la bebé y para ellas.
El Panamá América entrevistó a algunas madres primerizas para conocer acerca de los temores que albergaron en sus mentes a la par que a sus bebés en sus vientres.
“La gordura, las estrías, la vomitadera, los mareos, todos estos malestares y cambios temía que no desaparecieran cuando diera a luz”, manifestó Gladys Berroa, de 32 años.
“¿Me irá a nacer sano?”, era la pregunta que martillaba la mente de Irma García, de 22 años, en tanto que la que se hacía Mariela González Benítez, también entre los 20 y los 30 era ¿Por qué no se mueve?”
A Yadira Gómez, a sus 35 años le preocupaban era las tallas de más que había aumentado, porque ya no era una muchacha y después “sólo Dios sabe si me iba a quedar así de gorda que parecía un barco”, mientras que a Elba Núñez le quitaba el sueño era saber si el parto sería normal o cesárea y si sería muy doloroso.
La vida parecía írsele a Raquel Rodríguez, de 21 años, quien “quedaba muchas veces jadeando porque el estómago no me toleraba nada. Era una corredera casi permanente para ir al baño y yo no sabía cuándo iba a parar eso. Por suerte sólo fue los primeros meses en que casi todo el tiempo me la pasaba vomitando y de qué manera que ya no soportaba”.
Isabel Díaz, dijo, que el miedo suyo era “a que mi bebé no naciera porque había tenido una pérdida. También temía que naciera prematuro o de bajo peso y que tuvieran que ponerlo en incubadora, respiradora y permanecer varios meses en el hospital”. Dios le regaló no sólo uno, sino dos saludables angelitos, Isaac y David, de los que disfruta a plenitud.
“Yo pensé que se me podría salir cuando pujaba mucho en el baño y me aguantaba las ganas pero después me dio estreñimiento y era muy doloroso”, dijo Benilda Cáceres, de 25 años.
“No sabía si iba a poder cuidarlo bien, yo tenía tantas ganas de tener un hijo y ahora que iba a ser mamá estaba asustada. Tengo una hermana que tiene una niña de dos años y recuerdo que al principio a ella se la trajeron para la casa de mi mamá con su bebé (yo para ese entonces estaba soltera y en la secundaria) y en esa casa cuando esa niña decía llorar nadie dormía en toda la noche. Después me decía mi hermana que como estaba mangonga desde tan chiquita, aunque no tuviera gases la lloradera era porque quería brazos y todo esto ponía nerviosa y a veces hasta de mal humor a Deayanira porque en la mañana estaba cansada, ojerosa y tenía que levantarse a hacer mamaderas y lavar pañales. Mis temores eran acerca de si yo sería capaz de aguantar algo así. Ahora sé que uno lo aguanta, porque el susto se le pasa y va aprendiendo poco a poco a saber si llora porque está mojada, tiene hambre, sed o es pura ganas de que la saquen de la cuna”.
“Que mi hijo no naciera vivo porque yo tuve presión alta todo el embarazo y era de alto riesgo. Tenía miedo de que no naciera completo o de morirme en el parto. Creo que el dolor del mismo parto no me importaba”, comentó, por su parte, Larissa Lineth De León.
También hay temores en cuanto a si la alimentación es buena para dos (el feto y la madre), si por estar cerca de gente con enfermedades infecciosas se habrán contagiado, si había por ejemplo tomado licor o fumado algunos días o meses (cuando no sabía que estaba embarazada), los efectos de caídas en los primeros y últimos meses del embarazo. Igualmente, cuando hay sangrados irregulares o desmayos, si han estado expuestas a químicos o han sido picadas por insectos, mordidas por perros o arañadas por gatos.