Ciertamente,
siempre que la prisa encontró
cómo trazar la singladura exacta,
me fueron llegando tus noticias.
Vestidos por la nostalgia
de una noche inalcanzable,
a nuestro lado,
el mar deambula
sin percibir el color de las mareas
y los amaneceres
tiñen de naranja los zaguanes,
donde nos llega el ruido
que deja a su paso
una estampida de autobuses.Se me ha enfriado el café
después de los recuerdos,
a pesar del calor y los sudores
que produce el transcurrir
por una ciudad inexplorada.
Y en aquellos suelos,
donde se resguardan las quimeras
del alma unipolar
que pretende el rapto del planeta,
alguien trama otros modelos
de embestida
detrás de la sofisticada máscara
de unos rascacielos
tragados por el polvo
y prepara la cuadrículadel mundo
desde donde asaltar
todos los sueños,
mientras rehace
la Caja de Pandora
con la serenidad de un súcubo
que apuesta al holocausto
y a que el Armagedón
deje de ser un tema literario
y adquiera corporeidad
al principio mismo
de un milenio que despierta.
Pero nosotros,
mástiles astillados
de tanto navegar
sin cartas ni astrolabios,
que ceñimos las velas
para no extraviar
nuestro destino
a pesar de ir herida
nuestra arboladura,
que leemos
las ráfagas del aire
y enfilamos nuestra proa
sin prevenir que los dragones
están agazapados
más allá de las columnas
que Hércules sostiene,
trazamos palabras muy dispersas,
disueltas en el agua,
evaporadas en el gesto
que dibujan los adioses.
Nuestros dedos son pañuelos
que tocan la distancia
y se asombran cuando acarician
la soledad que hay oculta
detrás de los espejos.
Nosotros,
que renombramos el mundo
al contemplar las señales
de las olas en los mares,
en las encrespaduras
que dibuja el viento
hacia el poniente,
que zarpamos sin relojes
que separen la distancia
entre las borrascas y el olvido,
que establecimos nuestra casa
al borde de un abismo
que contempla las vastedades
como un faro dispuesto
a dar la bienvenida
a los navíos extraviados.
Nosotros,
que nos miramos con sorpresa
si nos arrasa una pasión
que siempre llega apresurada,
estamos exhaustos ya
de contar los latidos
del planeta,
cansado de girar
hacia el oriente
con el eje dislocado.Nuestra carne se ha incendiado
con los soles
de una extraña rebelión.
Mañana,
cuando el asombro
se haya disipado
como suelen hacerlo
las tempestades
que se alejan del Caribe
o el aliento último
de un dios quemado
en las hogueras de la inquisición,
cuando regresen los pelícanos
del viento del invierno,
los candelabros del olvido
caerán sobre nosotros.
(de Rito de mares y sombras)