Como ya les he dejado saber en columnas anteriores, desde muy pequeña sentí afinidad y curiosidad por la cocina, la comida y todo lo relacionado con ella, además y aunque en general fui una niña que comía de todo y ponía pocos peros para probar casi cualquier alimento.
Siempre tuve un paladar más exquisito que el de un niño o el de un adolescente promedio y, por ejemplo, me negué en muchísimas ocasiones a consumir una serie de alimentos, en su mayoría aquellos provenientes de una lata o que solo requerían un microondas para prepararse, ya que había algo en ellos que al probarlos simplemente no me hacían clic.
De igual manera mientras mi papá (que es un gran chef aficionado) cocinaba era usual que yo me parara o sentara a su lado en algún mostrador de la cocina a observar lo que hacía y a ayudarlo cuando se pudiese. Además casi semanalmente íbamos a visitar a su cuñado, el tío Noe, que también es un gran cocinero y que incluso fue propietario de un restaurante en Bella Vista hace 30 años.
En esos domingos en que se reunía mi familia paterna y en los que mi tío cocinaba yo me deleitaba como nunca y a diferencia del resto de mis primas que casi no comían y dejaban la gran mayoría de su porción intacta, yo normalmente dejaba el plato reluciente y sin una migaja para recoger, y solía darle muchos piropos a mi tío por su deliciosa comida, lo que sin duda me ganó un lugar especial en su corazón.
Como les mencioné, no exagero cuando digo que mi paladar nunca fue el de una adolescente promedio, y cuando vives en el mismo techo que una mamá, que a diferencia de tu papá, no disfruta de la cocina en lo absoluto, ese paladar exquisito, o si le preguntan a mi mamá esa “necedad”, se puede incrementar exponencialmente y fue gracias a esto que este camino que he recorrido y que me ha llevado a donde estoy empezó a tejerse. Si calculo bien fue alrededor de mis 14 o 15 años, época en la que el mapa culinario de Panamá comenzó a cambiar, cuando nuevos restaurantes con cocinas innovadoras para la escena panameña empezaron a abrir sus puertas, unos años después inauguró el food network y la profesión y el arte nunca fueron los mismos.
Algunas veces creo que hasta desesperando o haciendo reír a los cocineros y saloneros o a los comensales que me acompañaban. Fue esa curiosidad y además necesidad de elevar la calidad de la comida que nos servía mi mamá en la casa (mami no me odies, por favor) lo que me llevó a empezar a recrearlos en mi propia cocina, alguna que otra vez con resultados no tan buenos, pero en su mayoría con gran éxito.
El resto es historia y aún el día de hoy es esa misma curiosidad de adolescente la que me lleva a querer seguir investigando, leyendo, buscando y descubriendo cosas nuevas, ya que en esta profesión nunca se deja de aprender, pero lo que más me maravilla es comparar mis conocimientos de hoy con los de hace 15 años y realmente me asombro al ver el camino que he recorrido.