Si ante la culpa no ejercemos nuestra responsabilidad y nos sumimos en la paralización del miedo, caeremos en la descalificación personal (somos malos, egoístas) y en el autocastigo (agresividad que provoca sufrimiento).
Pero también podemos ver en su manifestación una función saludable, pues nos hace conscientes del conflicto y, a partir de ahí, seremos capaces de analizar las soluciones y dar los pasos oportunos que restablezcan nuestro vivir coherente.
Cuando se presenta la culpa, el reto es convertir ese sentimiento en una señal, que sirve para cuestionarnos cómo hacemos lo que estamos haciendo.
Además, tener un momento de reflexión y análisis de por qué nos surge, sin entrar a desvalorizarnos ni a hundirnos en el desasosiego y el sufrimiento.