A las dos de la tarde del jueves 27 de abril del 2001, sonó el teléfono de mi habitación en el Hotel Pueblos de San Bernardino, un hermoso sitio de veraneo, a 45 kilómetros de Asunción, Paraguay. Me anunciaron una sorpresa y que debía estar a las 4 en punto en la capital. Retrasado abordé un vehículo, pues trataba de cumplir con la cita. Me dejaron en el estacionamiento del Supermercado Stock, a los 15 minutos se presentó una Minivan, conducida por una mujer acompañada por otra. Se trataba de Lucía Unsaurralde y Norberta, enfermera y Fisioterapeuta, respectivamente. La llamada de las 2 p.m. y el ver a Lucía acentuaron mis sospechas que podría ser el intento de ver al maestro Augusto Roa Bastos, una de las cumbres literarias de nuestra América.
Lucía a mi arribo a Asunción me comunicó que haría gestiones para visitarlo. Realmente lo consideré improbable, dada su edad y condiciones de salud, ya que hace poco fue operado del corazón en Buenos Aires, por u no de los médicos próximos al Dr. Favaloro.
Luego de un recorrido d e15 minutos llegamos al Barrio de la Carmelita, nos estacionamos bajo un árbol, frente a un edificio de tres plantas, de ladrillos y balcones de gris. Bajó Norberta y tocó infructuosamente, después lo hizo Lucía, quien logró ingresar al edificio.
Yo me mantenía dentro de la Minivan con el motor en marcha, la ansiedad crecía, pero estaba preparado para cualquier desencanto, bajé y caminé por los alrededores, al volver al vehículo ya estaban dentro las dos tenaces damas. Me dijeron que el Maestro descansaba, que debíamos volver. Decidimos entonces tomarnos un café.
Transcurridos 45 minutos regresamos, frente al edificio ya nos esperaba Gloria, Fisioterapeuta personal de Roa Bastos y tía de Norberta, y logramos entrar. La amistad y complicidad de estas mujeres para introducirme, daba sus frutos.
El apartamento está en el primer piso, el maestro sentado en el sofá se levantó y nos saludó e inmediatamente nos indicaron que otras cuatro personas presentes eran periodistas argentinos que lo entrevistaban.
Mis deseos de visitar al afamado escritor nacen de mi gusto por la lectura. Formo parte del Círculo de Lectores de la USMA, guiado por el profesor Ricardo Ríos Torres.
En 1998, mi esposa por razones de trabajo viajó a Paraguay. Para entonces no había leído nada de su obra y le encargué varios de sus libros. Para mi sorpresa, a su regreso no sólo trajo los libros, sino que había logrado reunirse con el autor y obtener sus dedicatorias. Ahora la acompañé y pensé que sería grato conocerlo. Le transmití a sus amigos mis deseos, pero consciente de lo difícil que sería.
La entrevista que le hacían curiosamente era sobre fútbol, al maestro le gusta este deporte, vivió 22 años en Argentina y siente admiración por su compatriota Chilaber, destacado portero.
Estuve atento escuchándolo durante una hora: habló del fútbol y sus implicaciones sociales y humanas. Preguntado qué haría si fuera presidente de la FIFA respondió que crearía Escuelas de Fútbol donde los grandes futbolistas darían clases. Considera que este deporte se aproxima a una ciencia, el individuo debe aprender sus técnicas, desarrollar sus destrezas y tener la estructura mental para resolver cada situación y circunstancia que surja en el partido. Al final señaló que están para ser publicadas La Ciudad Tras la Lluvia, novela y un segundo libro de Aforismos.
Vi a un señor modesto el cual vive, como podría hacerlo un profesor o abogado retirado en Panamá.
Al fin nos tocaba nuestro turno. Conscientes de ser breves le transmitimos nuestra admiración, se regocijó por la devolución del Canal. Le hablamos de nuestra primera Feria del Libro en agosto, del trabajo del profesor Ricardo Ríos Torres y le solicitamos le dedicara El Fiscal, obra que habíamos adquirido días antes. Nos retiramos contentos y agradecidos de haber estado con este gran escritor latinoamericano.