El deseo de bautizar a su primogénito con un “ropón español” —pieza costosa por el año 1989— hizo que la ecuatoriana Annabel Quintero descubriera su don por la confección de atuendos.
Sin la oportunidad que tienen los diseñadores actuales de asistir a una escuela de diseño, comenzó a jugar con telas, confeccionando pantaloncitos y camisas con plices para sus hijos, así fue perfeccionando su técnica.
“Me daba vergüenza decirles a los demás que yo fabricaba la ropa que vestíamos mis hijos y yo, porque la cultura de Panamá era americanizada, cuando vi que me preguntaban dónde los compraba, me di cuenta de que tenía un don especial, el mismo que mi madre ya me había comentado cuando inventamos hacerle el ropón a mi hijo”, recordó.
Una vecina hebrea le recomendó llevar sus diseños a Poppy’s, donde se los compraban, aunque la ganancia no era buena, era un gran paso.
Al ver en un cumpleaños a una niña vestida con su diseño, le preguntó a la mamá cuánto le había costado; fue cuando se dio cuenta de que era tres veces más caro de lo que ella lo había vendido. “Cuando vi que mis trajes los llevaba puesto la pequeña, me dio alegría y satisfacción”.
Decidió abrir un espacio de su residencia ubicada en El Cangrejo, en donde hizo su pequeño atelier.
Sus amigas fueron sus clientas, al ver que le pedían prendas para sus niños, decidió comprar en Estados Unidos pinturas de tela en algodón para trabajar los primeros vestidos.