QUEDAN PROBLEMAS POR RESOLVER . El jueves 12 de agosto, se realizó durante el V Congreso Nacional de Ciencia y Tecnología en el Hotel Continental, un simposio sobre la arqueología precolombina de Panamá en el cual dieciocho especialistas resumieron - en ocho ponencias de 15 minutos cada una- los resultados de investigaciones de campo llevadas a cabo durante la década de los "90. El simposio fue organizado por Richard Cooke, arqueólogo del Instituto "Smithsonian" de Investigaciones Tropicales (STRI).
La primera ponencia - "Inicios de la Agricultura en Panamá" - fue presentada por Irene Holst, Enrique Moreno y Dolores Piperno (STRI). Este grupo de investigadores se vale de elementos microscópicos - polen, fitolitos (estructuras de sílice que remedan células) y granos de almidón para identificar y fechar las especies de plantas que fueron utilizada y/o domesticadas por los indígenas precolombinos. Sus hallazgos de restos de maíz, yuca, ñames americanos (Dioscorea spp.) y zapallos en lagos y abrigos recosos panameños con fechas anteriores al 4,500 a C. han sido muy comentados en círculos científicos internacionales.(figura 1).
Las siguientes tres ponencias resumieron aspectos sobresalientes de las excavaciones arqueológicas realizadas por un equipo internacional de especialistas en Cerro Juan Díaz, Los Santos, desde 1992 con el patrocinio del "STRI", la Sociedad "National Geographic" y el INAC.
Diana Carvajal, Máximo Jiménez, Conrado Tapia y Richard Cooke demostraron que los habitantes de esta aldea fundada 200 años antes de Cristo obtenían casi todos sus alimentos de origen animal a poca distancia. Pescaban congos (Aridae), arengas (Opisthonema), catarnicas (Selene peruviana) y pepones (Pomadasys panamensis) en el borde del manglar y en playas arenosas. Cazaban muchos venados de cola blanca, iguanas, garzas y codornices (Colinus cristatus) en ciénagas y sabanas arboladas. Sin embargo, los productos que usaban para hacer adornos y objetos rituales venían de hábitats lejanos - p. ejem., bellas conchas de los géneros Spondylus, Pinctada, Oliva y Conus, de arrecifes coralinos (figura 2) y dientes de puma (Fellis concolor) y jaguar (Panthera onca), de bosques y montañas.
Benoit Desjardins, Luis Alberto Sánchez, Aguilardo Pérez e Ilean Isaza describieron dos cementerios localizados en una plataforma que los indígenas nivelaron intencionalmente a fin de llevar a cabo ceremonias rituales.
El cementerio más antiguo que data de 500 a 750 años d.C., se caracteriza por fosas excavadas a través de la roca madre en las que se colocaron esqueletos descarnados envueltos en paños de tela de corteza.
Claudia Díaz demostró mediante un estudio bioantropológico muy pormenorizado, que la mayor parte de una muestra de 117 esqueletos hallados en el segundo cementerio, utilizado de 850 a 1000 d.C., son de mujeres y niños. Al parecer, este emplazamiento funerario fue propiedad de grupos familiares que tenían pocas pertenencias (figura 3). Claudia presentó fotos de dos cráneos modificados artificialmente mediante la compresión vertical (figura 4) - el primer hallazgo de este comportamiento cultural en Panamá - y, también, evidencia de enfermedades como la artritis, osteitis y caries dental.
En la quinta ponencia, Tomás Mendizábal, Alvaro Brizuela y Beatriz Rovira resumieron los resultados de sus excavaciones en un cementerio en Panamá Viejo, fechado por el método del carbono 14 de 700 a 1600 d.C. Al igual que en Cerro Juan Díaz, aquí se practicaba la costumbre de enterrar cráneos humanos junto con los muertos, así como ofrendas de vasijas pintadas, collares de conchas Spondylus, espinas de rayas y cuchillos o puntas de lanza hechos de jaspe (figura 5).
Georges Pearson, arqueólogo canadiense, devolvió las manecillas del reloj a la última Edad de Hielo. Presentó los resultados preliminares de una prospección de los alrededores de la Laguna de La Yeguada en la cordillera de Veraguas donde las investigaciones paleoecológicas de Dolores Piperno y Paul Colinvaux ya habían demostrado que grupos indígenas comenzaron a talar y quemar los bosques por el 9,000 a.C..
Georges localizó muchos "talleres" a orillas de la laguna donde los indígenas rompían núcleos de sílix para hacer utensilios. Escondidos entre miles de lascas, halló raspadores de pieles y puntas de lanza con "canales" verticales en sus bases (figura 6) cuya edad se calcula en 9,000 - 8,000 a.C., confirmando así los resultados de las investigaciones paleoecológicas.
En Panamá se ha realizado una mayor cantidad de investigaciones arqueológicas en el Pacífico, que en el Atlántico. Este sesgo geográfico ejerce una influencia negativa en la objetividad de los planteamientos teóricos tocantes a los mecanismos sociales que unieron y diferenciaron a las sociedades precolombinas del Istmo.
Con el fin de mejorar esta situación, John Griggs llevó a cabo prospecciones y excavaciones en las cuencas de los ríos Belén y Coclé del norte de 1995 a 1999. En dos abrigos - Las Calaveras y Molejón (figura 7) - descubrió ocupaciones que datan del segundo y primer milenio a. C., incluidos tiestos de una cerámica muy burda asociada con fechas de carbono 14 que promedian 1600 años a.C., y en extremo parecida a materiales ya descritos en sitios del Pacífico, tales como el Abrigo de Aguadulce, la Cueva de los Ladrones y el conchero de Monagrillo.
A partir de estas fechas, los habitantes de esta zona montañosa y lluviosa mantuvieron estrechos vínculos económicos y culturales con sus parientes al otro lado de la cordillera. Uno de los productos más importantes que intercambiaban con éstos eran hachas de basalto labradas en grandes cantidades en los muchos talleres localizados por Griggs en las estribaciones del alto río Coclé del Norte.
El co-autor de esta ponencia, Luis Alberto Sánchez, subrayó otra posible conexión entre el comercio y la homogeneidad cultural al señalar que el apogeo de artesanías hechas de conchas del género Spondylus coincidió con la máxima expansión geográfica de la tradición de cerámica policroma del "Gran Coclé", desde 500 a 850 d.C., cuando vasijas pintadas de los estilos "Cubitá" y "Conte" eran confeccionadas por todo el litoral de la Bahía de Panamá.
Según Sánchez, Cerro Juan Díaz y Playa Venado compartían tantos rasgos culturales por este época que el atribuirlos a dos "áreas culturales" distintas ("Gran Coclé" y "Gran Darién", respectivamente) desafía la lógica. Se infiere de lo susodicho, que la frontera lingüística y cultural que, de acuerdo a los cronistas españoles del temprano siglo XVI, devidió a los pueblos "cuevas" de los que no eran "cuevas", no llegó a definirse hasta los últimos cuatro o cinco siglos de la era precolombina.
Indiscutiblemente, la geografía cultural de los indígenas precolombinos fue muchísimo más compleja de los planteado por el modelo otrora popular, que abogaba por tres "áreas culturales" contiguas y estables en el espacio y tiempo.
La última ponencia del simposio le correspondió a Carlos Fitzgerald quien señaló que, si bien la arqueología ha logrado loables avances teóricos y metodológicos durante este decenio, aún quedan por resolverse muchos problemas de índole académica e infraestructural, que hacen de la arqueología la "cenicienta" de las ciencias en Panamá. De particular preocupación es el estado de los museos donde se guardan los materiales que los arqueólogos recogen con tanta paciencia del suelo. Aunque, en toería, los impresionantes recursos arqueológicos del Panamá precolombino deberían de ser uno de los principales recursos de la "Alianza Turismo-Conservación-Investigación", en la práctica, las vasijas y estatuas que tanto impresionan a estudiantes y visitantes están guardadas en lugares totalmente inapropiados y exhibidas en museos que piden a gritos la actualización y modernización de sus expositores.
Todos los participantes estuvieron de acuerdo, no obstante, de que el programa de becas y subvenciones del SENACYT ha abierto nuevas perspectivas para la arqueología en Panamá. Agradecieron además la ayuda financiera y logística brindada por el personal de esta agrupación científica para la realización de este simposio.