En el gran escenario de la vida, donde cotidianamente cada uno representa mal o bien los roles que elige o le impone la sociedad, salpimentados con emociones, se gana y se pierde, se ríe y se llora, se cae y se levanta, se enseña y se aprende, se manda y se obedece, se ama y se odia.
Nadie está satisfecho, abundan los que andan tras utopías, se podría hacer montañas con las frustraciones de los frustrados y mares con las lágrimas de quienes sufren desamor y la hiel de los envidiosos y odiosos odiantes, como uno que sacó lágrimas de la risa a los espectadores en Li Bar, el miércoles pasado, la noche del estreno de “Crónicas desquiciadas”, de la afamada Indira Páez.

Parejas, padres de familia, psicólogos, sociólogos, nutricionistas, terapeutas de pareja...y todo el que quiera desestresarse harían bien en ir a ver la obra, en la que en broma y en serio, con elegancia unas veces y otras con desparpajo, dicen verdades acerca de una sociedad disconforme, llena de tabúes, con endebles bases en el matrimonio, que le gusta estigmatizar, que disfruta con el mal ajeno, que no acepta sus fallas, que defiende lo indefendible, donde todo el mundo es juez del otro, pero, Dios libre a cada uno de mirar dentro de su ojo la viga que le impide una visión objetiva.
¡Qué manera tan original de desvelar dónde cojea la sociedad! Este gran manicomio donde hay tantos que sienten que no son felices aunque lo tengan todo, que quieren tener lo que no tienen, estar donde no deben o pueden estar, hacer cosas distintas a las que hacen, pero en el que a final de cuentas el gran anhelo es ser aceptado.

Se abrió la caja de Pandora y, como Garlick, el famoso payaso, todos ríen, aunque algunos quisieran (o debieran) es llorar, pues, las de “Crónicas desquiciadas” son historias agridulces, mascaradas, introspecciones, por un elenco profesional que en cada monólogo interactúa con el público, que, a final, recibe la ráfaga de petardos.
