Nuestra ciudad de Panamá debe considerarse como una de las más antiguas del continente americano. Fundada por Pedro Arias en 1519, su sede original fue visitada desde el año de 1515, por varios capitanes castellanos.
Al parecer fue Don Gaspar de Espinoza, lugarteniente de Pedrarias, quien determinó el sitio exacto en donde debería eregirse la nueva población, a las orillas del Mar del Sur.
EL BARRIO DE SANTA ANA
La capilla de Santa Ana se levantó frente a una plaza, para corresponder a la estructura de las aldeas castellanas.
Esta plaza utilizada principalmente para los eventos festivos, se convirtió de igual manera en centro natural de reuniones, sociales y deportivas.
La capilla original fue construida de madera, pero tras varios incendios, reconstrucción de cal y canto. La obra se erigió entonces con el apoyo financiero del Presbíterio panameño, Francisco Javier deLuna Victoria y Castro, y de don Matheo Izaguirre, a quien la corona otorgó posteriormente el título de Conde de Santa Ana.
Fueron célebres las fiestas de toros que allí se escenificaron en el siglo XIX, acompañadas de bandas de música y otras expresiones folklóricas; ya a mediados del siglo XIX el sitio fue tomado otra connotación como epicentro de las más importante actividad política, en las que sobresale como protagonista ceñero, el general Buenaventura Correoso.
Desde el siglo XIX Santa Ana se hizo además muy popular por sus figuras sobresalientes en el campo artístico, hombres de letras, pintores y músicos; de igual manera allí tenía su escenario natural la celebración del Carnaval con sus congos, y sus bailes folklóricos del Bunde, el Bulllarengue y el tamborito.
Una de las características sobresalientes del arrabal fue siempre su espíritu religioso, y de ahí tal vez que en casi cada uno de los caminos importantes del barrio de Santa Ana, hubiese una cruz, objeto de la veneración de cada uno de sus habitantes.
El barrio de San Felipe ha sido considerado denominado y con razón, Cuna de la Nacionalidad; el fue el sitio original de la ciudad amurrallada, y de ahí que hasta el siglo XIX fue conocido como "La ciudad de adentro".
San Felipe se ensanchó alrededor de la Plaza de la Catedral fueron denominados en el siglo XVIII y XIX, La Calle de las Monjas y la Calle de la Merced. Se denominaba Calle de las Monjas, la que partieron desde la Plaza, llegaba al extremo de la Avenida Central en donde se encuentra hoy el Palacio de Gobierno. Al final había un póstigo o pequeña entrada, que se llamaba de igual manera, El Póstigo de las Monjas.
La Calle de la Merced partía en igual forma de la Plaza de La Catedral, y llegaba al extremo de la Puerta de la Ciudad, próximo a donde está hoy la Calle 10.
LA PLAZA DE LA CATEDRAL Y SU ENTORNO
Al trasladarse la ciudad a su nueva ubicación, se diseñó como centro geográfico, la plaza de la Catedral, frente al templo principal.
Tanto la plaza, como los edificios que le circundan han sido objeto de significativas transformaciones a través de los tiempos, el único de ellos que no ha sido objeto de cambios sustanciales es el templo de la Catedral.
La plaza fue durante el período colonial, centro social de la comunidad; ahí se realizaban ceremonias oficiales, religiosas, festivas y posiblemente de mercadeo.
Durante el siglo XIX, los eventos deportivos y políticos, la celebración de las corridas de caballo y de los juegos de toros, tuvieron una instalación específica, primero en la Plaza de la Catedral, después en la Plaza del Triunfo, y finalmente en la Plaza de San Ana
EL TEMPLO DE LA CATEDRAL
Se afirma que las campanas de bronce que reposan silenciosas sobre las torres de la Catedral, fueron traídas de la antigua Catedral de Panamá la Vieja. Dos de ellas, sin embargo vinieron de la Ciudad de Lima en el siglo XVII y fueron donadas por el Presbítero panameño residente en esa ciudad, Manuel de Acuña y Sanz Merino.
La nueva iglesia transitó por varias etapas hasta lograr su estructura definitiva. La primera construcción fue de madera, ante la urgencia de dotar a la nueva metrópoli de su templo mayor.
Fuente: Calendario de la Nacionalidad 1990.
Autor: Jorge Conte Porras