En Bilbao se observa el estupendo trabajo que ha realizado desde los años cincuenta: obra gráfica, dibujos, pintura, instalaciones...
“Sesenta de actividad, madre mía”, parece sorprenderse, y que van desde sus escarceos con la vanguardia neoyorquina más radical en música —con reconocidos compositores como John Cage o Lamonte Young— a experiencias con Fluxus antes de conocer a John Lennon y atraer al Beatle hacia el camino de la máxima experimentación que, paradójicamente, acabó con él como un pacífico y atareado padre y amo de casa en su apartamento del edificio Dakota. Allí fue donde compuso en sus últimos meses de vida ese himno al estoicismo que se tituló “Watching the wheels” y que da idea de su sana posición vital antes de la tragedia.

A las puertas de su casa precisamente fue asesinado en los años 80 por un hombre llamado Mark David Chapman, testigo universal del odio que gran parte de las masas profesaban a Yoko Ono, a la que se le culpó globalmente - en gran medida injustamente - de la desaparición de The Beatles. Es algo que hasta el músico británico Paul McCartney ha negado en los últimos tiempos, para saldar una deuda, la cual se considera como histórica. “Hubiera ocurrido igual”, vino a decir el músico. “En realidad, no hemos tenido tan mala relación”, comentó Yoko. “Fueron los medios y las personas los que más querían vernos peleados, pero no respondían a la realidad”.
A sus 81 años de edad, su menudez y aires frágiles la hacen vivir como la mujer impasible, al fin en “paz” consigo misma. “Yo no odio a nadie de ese grupo, The Beatles”, aseguró la viuda eterna, pese a ser la declarada “archienemiga” de millones de “beatlemaníacos”.

Lo fue, quizás más, en tiempos de vida de Lennon, cuando enviaba cartas feroces a su amigo de adolescencia, en las que le culpaba del vacío tremendo que le hacían tanto él como su mujer, Linda. Pero aquello es agua pasada, parece. Y ese sentido práctico, tras su muerte, ha predominado en Yoko, aunque solo sea para ocuparse de un legado compartido que a la muerte del mito ascendía a tres millones de dólares y poco después se convirtió en 300 millones de dólares.
Entre otras cosas, la viuda siempre dijo que lo hacía por Sean, el hijo que tuvieron ambos famosos, quien ahora le presta su estudio en el Soho para atender a personas, ya que ella se muestra reacia a recibir extraños en su casa cercana al Central Park. Sean ha colaborado en gran medida a que las bandas y los artistas indies más arriesgados de su generación —de Peaches, Le Tigre, Polyphonic Spree, The Flaming Lips a Cat Power, Antony, Craig Armstrong o DJ Spooky— contribuyan a reivindicar el arte de su madre. Es otra de las razones por las que Ono siente que volvió a nacer.
Empeñada en sus aspectos pacifistas, desea lo mejor para todo el mundo menos para Chapman, a quien insiste en no perdonar. “No, no lo he hecho”, dijo muy seria.
Entusiasmada con su exposición en el Guggenheim, aprovechó para insinuar que sus antepasados pudieron tener procedencia española. “No estaba muy bien visto en mi país, eso de las mezclas, pero los españoles y los portugueses se dejaron caer por Nagasaki y parece que tuvieron algún contacto con mi familia”. Una familia de alcurnia nipona, que, pese a contar con un padre banquero, no observó con mucho rechazo que su hija se convirtiera en artista de vanguardia.
“En absoluto, mi padre era músico y mi madre pintaba, así que lo entendían”, dijo la artista.
Desconocida y famosa, ¿cómo es eso?
El reconocido Lennon dijo un día que su esposa era “la artista desconocida más famosa del mundo”. “Lo sorprendente es que cuando él pronunció esas palabras era verdad. Y ahora igual no es así. La vida es muy compleja. Y esa complejidad nunca se podrá llegar a conocer a fondo”, mencionó.
Destacó que tendremos la paz en el mundo para el año 2050.
¿Cómo le gustaría ser recordada a Yoko Ono en cincuenta años? “Espero que cuando hablen de mí tengan su propio poder y su propia creatividad”, acotó.