"Volver a Colombia en paz, esa sería la meta" para Alejandro, un refugiado que huyó de la violencia en su país y buscó cobijo en Ecuador, pero que aún se siente desplazado en la tierra que lo acogió, como otros 135.000 colombianos que necesitan protección internacional.
"Dejé todo botado, dejé mi pequeña tienda de víveres, dejé a mi familia y tuve que pasar la frontera" por temor a morir, comentó a Efe Alejandro, quien acude a menudo a la unidad de atención a refugiados de la Conferencia Episcopal, en Quito.
El drama de este joven, que prefiere no revelar su apellido ni mostrar su rostro a las cámaras, es el que sufren miles de colombianos que esperan que las autoridades de los dos países encuentren una solución a su situación.
Hace siete meses llegó a Ecuador, huyendo de las amenazas de grupos paramilitares.
"Amedrentaron a mi mamá y a mis hermanos", a los que dejó una noche en un autobús que pasó por su pueblo, para que huyeran hacia Bogotá, pues los "paracos" no dejaban de hostigarles.
"Me vine con apenas diez dólares. Es muy tenaz, es muy 'berraco' salir de allá, pues tenía mi negocio, mi familia y tuve que salir huyendo como si debiera algo", recuerda con pesar Alejandro, uno de los 53.000 refugiados colombianos que hay en Ecuador.
Según el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) en total 135.000 colombianos tienen necesidad de protección internacional, aunque no tengan el calificativo oficial de refugiados.
Según él, "a los que no queríamos encochinarnos (ensuciarnos), los 'paracos' nos perseguían, nos hostigaban, incluso trataron de abusar de mi hermana y, por eso, lo único que yo vi es irme de Colombia".
No obstante, su drama continuó al pasar la divisoria, cruce que, según cuenta, no le costó mucho, porque "no hay muchísimo control" en los pasos fronterizos, al contrario de lo que señalan las autoridades.
Aunque aliviado por haber logrado dejar atrás las amenazas, Alejandro asegura que en Ecuador "hay racismo, hay contextos de discriminación", aunque son "muy pocos, porque la mayoría de personas" con las que ha compartido le han "tratado con amabilidad".
Lo único que Alejandro quiere de Ecuador es que se aplique la ley y que los refugiados tengan las mismas oportunidades que los ecuatorianos, sobre todo en el empleo, un problema que para numerosos colombianos se ha convertido en un calvario.
Y es que muchos no han podido abrir cuentas en los bancos, pues al ser refugiados "no son sujetos de crédito" y sin ese requisito, los empleadores no les dan empleo, porque no tienen dónde depositarles el salario. "Es un círculo que no se rompe".
La falta de empleo, cuenta, también va atada a las condiciones de vida. "Conozco personas (refugiadas) que viven en una pobreza absoluta, desamparados, completamente abandonados".
A él le gustaría tener un buen empleo, "retribuir a Ecuador lo que me ha dado, con esfuerzo, con trabajo", pero añora "volver al mismo sitió de donde salí (...), volver a visitar El Valle, volver a Tuluá, volver a Pereira, volver a Cartago... Pero la violencia es lo que daña todo".
Por eso, "volver a Colombia en paz, esa sería la meta", reitera.
En ello coincide Janete Ferreira, una monja brasileña de la congregación scalabriniana, que dirige la Pastoral de Movilidad Humana de la Conferencia Episcopal Ecuatoriana.
"Si se terminara la guerra en Colombia hoy, hoy mismo muchos regresarían", asegura la religiosa, cuyo mayor anhelo es ayudar a los refugiados, por ser una misión de su congregación.
Sin embargo, ha visto tanto sufrimiento que termina por aceptar que ese anhelo es, por ahora, una quimera. Asegura que trabajar en favor de los refugiados es algo que le fortalece su fe.
A su juicio, los refugiados colombianos, pese a la discriminación que padecen en Ecuador, "son gente que acepta desafíos, yo creo por el sufrimiento que pasan, son muy emprendedores y vienen con muchas ganas de trabajar".
La religiosa dice que esa misma visión es la que tiene de los cientos de miles de ecuatorianos que han emigrado a España, en busca de mejores condiciones de vida.
Y por eso asegura que los ecuatorianos deberían tratar a los extranjeros que viven en su territorio, "de la misma manera que quisieran que traten a sus emigrantes" en otros países.
Fernando Arroyo León