Ernesto Endara / Escritor
Decía Luigi Carolum (así llamaba a mi padre Luis Carlos): «No confíes en el hombre que no sabe reír» Años después, a la rumbosa frase yo le agregaría: «pero aléjate de aquel que se la pasa riendo todo el tiempo». Claro, es del agotamiento que producen los excesos de lo que salgo huyendo. Sea cual sea el exceso, enseguida me produce piquiña. Tal vez por eso nunca me convenció el Santa Claus. Primero, su risa, con ritmo de hipo, me suena un poco a burla; segundo, su gruesa vestimenta es incongruente en Panamá; tercero, con esa rotunda panza nunca me expliqué cómo es que entra en las casas por las chimeneas; y, cuarto, en Panamá sólo hay catorce chimeneas residenciales. Me asombraba, eso sí, el Niño Dios, con su extraordinario poder de poner debajo de la cama los juguetes. Tenía el Niño ese poder incomparable de no necesitar transporte. En un santiamén, apenas sonaban las doce de la noche, aparecían los regalos.
Hoy, el gordo Santa le está ganando al Niño Dios. En mis tiempos (ya llegarás tú a los ochenta, con suerte, y repetirás lo mismo: “En mis tiempos...”) las familias salían en romería a visitar los nacimientos en las iglesias que competían por armar el más completo pesebre con sus Herodes y pastores y en las esquinas los Reyes Magos. Mi favorito era el de Chancaca, asistente de “El Pirata” Tapia, Director del Teatro Nacional y Tramoyista Mayor de Panamá. Lo levantaba, pequeño, pero lleno de movimientos (por arte de su mecánica), en el corredor del Teatro. Le agregaba una lata y un letrero: “Contribuir con el Niño”. Todos sabíamos que era para comprar ron.
Mi nieta Franny todavía cree en el Niño Dios (sus padres se han cuidado de no espantarle la deliciosa creencia). Pero los abuelos regalamos en casa. Yo le compré una Blancanieves y un helicóptero. Por supuesto, Mili me criticó el helicóptero (“ese es juguete de niño”, me dijo). Pero, si no me equivoco, es el que le va a gustar a la niña, aunque también estoy seguro que preguntará: «Abuelo, si es un avión, ¿por qué no vuela?” Entonces tendré que apelar a la fantasía (que es lo que más le gusta) y decirle: «Será mejor que solamente ruede por el piso, porque si vuela, se acostumbrará al aire y ya no querrá bajar a la tierra.»
Y me mirará un poquito incrédula.
Al Niño Dios voy
“La fe no mueve montañas, pero es un analgésico de maravilla” Tito Piedra