El programa atómico iraní: un conflicto marcado por la desconfianza
La disputa por el programa nuclear iraní tiene su eje en la incertidumbre sobre la verdadera naturaleza de sus objetivos, unas dudas planteadas incluso por la ONU, y cuya manifestación más evidente se centra en la producción de uranio enriquecido, un combustible de doble uso, militar y civil.
Según un informe publicado en febrero por el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), los técnicos iraníes han logrado producir unos 110 kilos de uranio enriquecido hasta casi el 20 % de pureza, aún por debajo del 90 % preciso para fabricar un arma nuclear.
A esas cantidades hay que añadir otras cinco toneladas de uranio enriquecido hasta el 5 %, con un ritmo de producción superior a los 100 kilos mensuales.
Tanto el OIEA como el Consejo de Seguridad de la ONU reclaman a Irán que suspenda la producción de combustible nuclear, como medida de creación de confianza hasta que los técnicos internacionales puedan confirmar que el programa atómico iraní sólo tiene fines civiles y pacíficos, como afirma Teherán.
Irán asegura por su parte que necesita ese uranio para producir en un reactor científico isótopos para la lucha contra el cáncer y reivindica su derecho a usar la energía atómica con fines civiles.
Una alternativa planteada a Irán por el OIEA primero y por Brasil y Turquía luego, consiste en que la República Islámica envíe al extranjero, principalmente a Francia o Rusia, el uranio enriquecido, donde sería transformado en combustible nuclear.
Una opción que "Irán nunca va a aceptar", aseguró esta semana a Efe una fuente diplomática en Viena, debido simplemente a que el país asiático no se fía de que le sea devuelto el combustible.
Además, el OIEA insiste en pedir a Irán más colaboración para aclarar algunos temas muy conflictivos, como la compra de materiales y experimentos nucleares de carácter militar acumulados durante las dos décadas que mantuvo un programa nuclear secreto e incluso desde 2003, cuando comenzó a colaborar con el OIEA.
En ese sentido, además de solicitar documentación y entrevistas con expertos iraníes, el OIEA quiere que Irán permita el acceso de sus inspectores a Parchin, una base militar cerca de Teherán, donde se cree que se pueden haberse trabajado en armas atómicas.
Las dos últimas visitas de técnicos del OIEA a Irán, en enero y febrero, terminaron sin que se permitiera esa entrada.
En general, el régimen de inspecciones es otro punto de fricción.
Irán es signatario del Tratado de No Proliferación Nuclear, que permite al OIEA inspeccionar sus instalaciones nucleares sin limitaciones, pero no ha firmado ni acepta el Protocolo Adicional al TNP, por lo que el organismo de la ONU no tiene autoridad legal para entrar en otros lugares, como es el caso de Parchin.
Por su parte, Irán acusa al OIEA de haber politizado el asunto de su programa nuclear y de excederse en sus atribuciones al exigir unas suspensión de sus actividades nucleares pacífica, permitidas por los tratados internacionales.
Las distintas tandas de sanciones por parte de la ONU, Estados Unidos, la Unión Europea y otros países y la respuesta iraní de suspender o amenazar con suspender sus envíos de petróleo, o incluso bloquear el tráfico de crudo por el estrecho de Ormuz, han añadido aún más tensión al conflicto.
Según un informe publicado en febrero por el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), los técnicos iraníes han logrado producir unos 110 kilos de uranio enriquecido hasta casi el 20 % de pureza, aún por debajo del 90 % preciso para fabricar un arma nuclear.
A esas cantidades hay que añadir otras cinco toneladas de uranio enriquecido hasta el 5 %, con un ritmo de producción superior a los 100 kilos mensuales.
Tanto el OIEA como el Consejo de Seguridad de la ONU reclaman a Irán que suspenda la producción de combustible nuclear, como medida de creación de confianza hasta que los técnicos internacionales puedan confirmar que el programa atómico iraní sólo tiene fines civiles y pacíficos, como afirma Teherán.
Irán asegura por su parte que necesita ese uranio para producir en un reactor científico isótopos para la lucha contra el cáncer y reivindica su derecho a usar la energía atómica con fines civiles.
Una alternativa planteada a Irán por el OIEA primero y por Brasil y Turquía luego, consiste en que la República Islámica envíe al extranjero, principalmente a Francia o Rusia, el uranio enriquecido, donde sería transformado en combustible nuclear.
Una opción que "Irán nunca va a aceptar", aseguró esta semana a Efe una fuente diplomática en Viena, debido simplemente a que el país asiático no se fía de que le sea devuelto el combustible.
Además, el OIEA insiste en pedir a Irán más colaboración para aclarar algunos temas muy conflictivos, como la compra de materiales y experimentos nucleares de carácter militar acumulados durante las dos décadas que mantuvo un programa nuclear secreto e incluso desde 2003, cuando comenzó a colaborar con el OIEA.
En ese sentido, además de solicitar documentación y entrevistas con expertos iraníes, el OIEA quiere que Irán permita el acceso de sus inspectores a Parchin, una base militar cerca de Teherán, donde se cree que se pueden haberse trabajado en armas atómicas.
Las dos últimas visitas de técnicos del OIEA a Irán, en enero y febrero, terminaron sin que se permitiera esa entrada.
En general, el régimen de inspecciones es otro punto de fricción.
Irán es signatario del Tratado de No Proliferación Nuclear, que permite al OIEA inspeccionar sus instalaciones nucleares sin limitaciones, pero no ha firmado ni acepta el Protocolo Adicional al TNP, por lo que el organismo de la ONU no tiene autoridad legal para entrar en otros lugares, como es el caso de Parchin.
Por su parte, Irán acusa al OIEA de haber politizado el asunto de su programa nuclear y de excederse en sus atribuciones al exigir unas suspensión de sus actividades nucleares pacífica, permitidas por los tratados internacionales.
Las distintas tandas de sanciones por parte de la ONU, Estados Unidos, la Unión Europea y otros países y la respuesta iraní de suspender o amenazar con suspender sus envíos de petróleo, o incluso bloquear el tráfico de crudo por el estrecho de Ormuz, han añadido aún más tensión al conflicto.