Con una creciente clase media esperanzada en superar pronto la recesión, Chile despide a la presidenta Michelle Bachelet con un histórico apoyo del 80 por ciento y una advertencia a la Concertación, desgastada tras veinte años en el poder.
La democracia chilena, cimentada gracias a una larga transición, encara este domingo un proceso electoral con el desenlace más incierto desde el fin de la dictadura y que obligará a celebrar una segunda vuelta a comienzos de enero.
"El modelo basado en acuerdos entre las direcciones de los partidos funcionó muy bien para la transición; pero el sistema se está agotando y requiere un proceso de consolidación democrática más transparente y participativo", explicó a Efe el analista político Patricio Navia, profesor del Centro de Estudios Latinoamericanos.
La Concertación por la Democracia, formada por partidos de centro e izquierda moderada con el objetivo común de derribar a la dictadura, podría perder el poder que viene ejerciendo desde 1990.
Todos las encuestas indican que el candidato de la Concertación, el senador y ex presidente Eduardo Frei, se mantiene por debajo del aspirante de la Alianza por Chile, el empresario Sebastián Piñera.
Los sondeos también señalan que los chilenos valoran extraordinariamente la gestión de Michelle Bachelet, la primera mujer elegida presidenta de un país sudamericano, que en 2006 derrotó a Sebastián Piñera en la segunda vuelta.
En plena recesión, el gobierno de Michelle Bachelet destinó bonos suplementarios a las familias con pocos recursos, se preocupó de los jubilados con renta muy baja, aumentó las becas a los estudiantes y entregó viviendas sociales a las familias más pobres.
Gracias al superávit fiscal acumulado en el periodo de auge económico, Chile pudo encarar la crisis con una sólida base financiera y será uno de los primeros países de Latinoamérica en salir de la recesión.
Aunque sigue soportando una distribución de la riqueza muy desigual, el número de pobres ha pasado del 45 por ciento que había al final del gobierno militar al 13 por ciento en la actualidad.
Chile es en la actualidad uno de los pocos países de América Latina que tiene una amplia clase media, en la que se sitúa más de la mitad de la población.
Pero ni los logros económicos ni la popularidad de la presidenta están favoreciendo a la coalición gubernamental -desgastada por las fracturas internas y el ejercicio continuado en el poder- y tampoco le han transferido vigor a la candidatura de Eduardo Frei.
La gran paradoja, a juicio de los expertos, es que la estabilidad económica alcanzada durante los últimos años ha hecho que la clase media se extienda y está poniendo en riesgo la continuidad del proyecto de la Concertación.
Por este motivo, los mensajes de los candidatos presidenciales durante esta campaña se han dirigido fundamentalmente a este sector de la población.
La clase media, explica Patricio Navia, está molesta con la Concertación y está preparada para castigarla. "Marco Enríquez-Ominami no le quita votos a Eduardo Frei en los sectores populares, sino en la clase media", asegura.
"Hay un cambio socioeconómico que produce un "aburguesamiento", pero también hay una desmovilización bastante generalizada que políticamente favorece a los sectores más conservadores", comenta por su parte el analista Raúl Sohr.
"Hay quien dice que los chilenos somos los fenicios de América Latina. El comercio, las exportaciones y el desarrollo de la economía han sido las principales preocupaciones de los gobiernos de la Concertación", dijo a Efe Raúl Sohr, quien echa en falta en el debate electoral temas cruciales para el país, como las relaciones exteriores y el déficit energético.
La Concertación ha puesto en práctica una suerte de "despotismo ilustrado" que se resume en la idea: "nosotros gobernamos; ustedes, tranquilos", opina este analista.
En Chile todavía no existe un sistema de inscripción automática y sufragio voluntario, por lo que los ciudadanos han de votar obligatoriamente una vez que se anotan.
Como consecuencia de esta falta de motivación política, la composición del electorado chileno prácticamente no ha variado en los últimos veinte años.
El próximo domingo están llamados a las urnas 8,2 millones de chilenos, apenas 700.000 más que en los primeros comicios tras el restablecimiento de la democracia.
La elocuencia de este dato deberían ser un profunda llamada de atención sobre la falta de asimetría entre el país que refleja el envejecido cuerpo electoral y quienes están fuera de él, especialmente los menores de 35 años, sostiene el analista Max Colodro.
Pero aunque los nuevos 200.000 votantes representan un aumento de poco más del tres por ciento del padrón electoral, "pueden llegar a ser importantes en cualquier elección estrecha", asegura el director del Servicio Electoral, Juan Ignacio García.
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