El carnaval panameño es más que algazara, actos bochornosos y transmisiones televisivas desagradables.
De hecho, es una manifestación del folclor nacional en cada una de sus facetas, que se realiza durante cinco días con entusiasmo y participación activa de muchas personas que trabajan en su organización.
Esas manifestaciones muy poco se vieron este año. No porque no se realizaran, sino porque el pueblo se vio en la penosa necesidad de ver lo poco que se mostró. Y lo que se mostró no fue dignificante.
Y lo que es más, justamente esa faceta del carnaval fue la que protagonizó una ínfima minoría de la población.
La gran mayoría de los que salieron a disfrutar el carnaval se volcó a las calles de pueblos como Penonomé, Pedasí, El Sesteadero, Santo Domingo, La Palma, Tonosí y muchas otras comunidades que aún conservan la tradición de una verdadera fiesta carnestolenda.
Así, en El Sesteadero de Las Tablas, niños, jóvenes y adultos participaron de las muy populares tunas en un ambiente de sana diversión.
El tamborito, uno de los bailes folclóricos más destacados de Panamá, fue bailado hasta el cansancio por cientos de personas de esa comunidad y de visitantes.
Las cantalantes al son del pujador, repicador y la caja constituían una sinfonía para los oídos de quienes disfrutaron de esta música tradicional durante las tunas celebradas en El Sesteadero.
La alegría era genuina en los rostros de los participantes porque se divertían en un lugar donde aún se conserva la tradición, el buen gusto y la sana diversión.
A decir verdad, ya los tableños, por ejemplo, no pueden disfrutar de un carnaval sano, porque sus calles son invadidas por cientos de personas cuya diversión implica el desenfreno, lo amoral, la chabacanería y la algazara sin control, según se desprende de los comentarios de los lugareños.
Sus reinas se esfuerzan por representar un buen papel y lo logran, pese a todo. Pero el carnaval puede ser mejor si quienes visitan Las Tablas y otras ciudades de Azuero se comportaran a la altura. Así el esfuerzo de las reinas y sus tunas no sería en vano.
Sin embargo, y a pesar de lo anterior, durante el carnaval hubo reinas y princesas, como la del carnaval de El Sesteadero, la señorita Karina Córdova, que irradiaron alegría y su rostro proyectó la esencia de aquella mujer tableña sencilla, que disfruta de su tradición en compañía de familiares, amigos y visitantes.
En El Sesteadero también existe la Calle Arriba y la Calle Abajo. La diferencia es que realizan sus propios carnavales con sus princesas, murgas, tamboritos y bailes con violín, tal como lo hacían las generaciones pasadas.
Se dan las "pullas", como en otros lugares, aunque sin agresiones ni subidas de tono.
Este es el tipo de carnaval que celebra el panameño que no quiere perder sus costumbres y tradiciones ni cambiarlas por otras que no dignifican, aun cuando comercialmente no les represente ganancia. Y eso es lo que hay que divulgar para no cejar en el empeño.