Con una misión especial


Dentro de un estrecho refugio nuclear en lo profundo de un sótano de la Casa Blanca, el presidente George Bush miró a su grupo de seguridad nacional congregado en torno a una mesa de madera vacía y le dijo: “Preparen las tropas’’.
Doce horas después de los ataques y escasos momentos después de su discurso televisado a toda la nación, Bush se preparaba para librar una guerra que transformaría y definiría su presidencia, con una misión histórica, nuevos poderes presidenciales ampliados y un gobierno federal ajustado a la nueva realidad para proteger al país contra el terrorismo.
“Ha llegado el momento para defendernos’’, dijo a su consejo de guerra. “Nos ha llegado la hora’’.
El pasar del tiempo, desde esa fecha, también ha transformado personalmente a Bush.
Hombre sumamente religioso, Bush tornó su mirada aún más a Dios. Cuando los feligreses le dicen que oran por él, la mirada del mandatario se humedece. El ve las oraciones como “el más profundo acto de amor’’, le dijo a un asistente.
Obsesionado con la buena salud desde hace tiempo, Bush intensificó su régimen de ejercicios para quemar ansiedades. Sus asistentes dicen que, inconscientemente, podría haber estado tratando de probarse a sí mismo que es lo suficientemente disciplinado como para hacer frente a los extraordinarios retos.
Se dice que el presidente es más fatalista sobre su propia seguridad. Ante el recordatorio que se le hizo de que puede ser objeto de un atentado de asesinato en cualquier momento, Bush se encogió de hombros y dijo, “no puedo estar preocupándome de eso”.
Sus asistentes dicen que ha madurado y su mente es más serena, aunque todavía es bromista, ingenuo a veces.
“La guerra transforma a todos los que están involucrados en ella”, dijo Ron Kaufman, director político del padre de Bush. No cambia los valores que uno pueda tener, sino lo que se valora. Eso se llama madurez, pero es algo más profundo que eso. La vida y la muerte son cosas de todos los días’’.
En los días subsiguientes a los ataques, sus amigos recuerdan haber visto como se le aguaban los ojos cuando hablaba en privado sobre los incidentes. Algunos dicen que pasaron semanas antes de que tuviera el tiempo o el humor como para volver a bromear.
“Me imagino que los sucesos lo han endurecido”, dijo Joe Allbaugh, director de la Agencia Federal para el Manejo de Emergencias y asistente de Bush.
Aunque siempre ha sido algo fanfarrón, Bush adquirió más confianza en sí mismo en este año que ha pasado. Los rivales y críticos lo tildan de arrogante; señalan su fuerte inclinación por el secreto y sus antecedentes de hacer enojar a los aliados al aplicar unilateralmente medidas de política exterior.
Bush, ejemplo del jefe que delega con gran plante, aunque sus detractores dicen que eso es símbolo de flojera y falta de tacto, después de los ataques Bush comenzó a asignar aún más trabajos a otros.
Tuvo que delegar asuntos que pudieron haber quedado en sus manos para que los resolviera pero que ahora pueden ser manejados por otros, dijo Andrew Card, secretario de la Presidencia de la Casa Blanca.
Bush ahora se apoya en el equipo doméstico de la Casa Blanca para poner en práctica la reforma educativa, una tarea que en tiempos de paz le habría correspondido a él.
Desde que los terroristas atacaron, instante en que Card le susurró al oído, “EU está siendo atacado”, Bush ha visto su presidencia transformarse.
“Le ha dado al presidente una misión especial, una oportunidad poco común que se le da a pocos presidentes”, dijo Stephen Hess, analista presidencial de la era de Dwight Eisenhower y Richard Nixon.
Sin mucho pudor, algunos funcionarios de la Casa Blanca señalan a los más grandes presidentes de EU en épocas de guerra, Abraham Lincoln y Franklin D. Roosevelt, así como la presidencia de Johnson ensombrecida por la guerra en Vietnam, para ubicar la misión de Bush en un contexto histórico.
“Todo presidente tiene un plan de trabajo, pero siempre están sujetos a los caprichos de la historia”, dijo el asesor principal de Bush, Karl Rove. El momento es lo que fija las exigencias; “les imponen guerras, recesión y disputas, o hasta la tranquilidad”. “Eso es lo que la historia le ha dado” a Bush, dijo Rove.
El regalo que le ha dado la historia a Bush fue la oportunidad de despojarse de la imagen que tenía de presidente mal preparado, elegido por un escaso margen de votos, a la de un líder de tiempos de guerra con popularidad que rompió récords. Su impregnabilidad política duró semanas.
Durante esos momentos en que la ciudadanía se hizo una con su presidente, no notó que la política nacional se estaba estancando: los planes para privatizar parte del sistema de seguridad social, mejorar el expendio de fármacos a los jubilados, reformar las leyes electorales e incrementar la participación de la religión en los servicios que el gobierno proporciona.
Y lo más chocante ha sido el enorme crecimiento del déficit, luego del superávit legado por Clinton.
Los años de ‘gobierno grande han terminado’ ha concluido’’, dijo Paul Begala, un estratega demócrata cuyo ex jefe, Clinton, acuñó la frase.
Algunos analistas dicen que Bush está realizando la más abarcadora expansión de los poderes presidenciales desde el Nuevo Trato (New Deal) de Roosevelt.


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101 años de Panamá América

 
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