Uno de los tres aspirantes a ocupar el solio presidencial, el próximo 1 de septiembre (y sus más relevantes propulsores), insiste, hasta el cansancio, en la necesidad (según él) de realizar debates públicos entre los candidatos presidenciales, con el argumento de que la ciudadanía tiene derecho a conocer cómo piensa cada uno, sobre los principales problemas del país.
Sin duda, este tipo de debates es un mecanismo válido para tal propósito pero, no es el único y ni siquiera, pienso, el mejor.
En este caso, cuya intención final es, indudablemente, la de impresionar al electorado, lleva la ventaja aquel que, como el distinguido proponente, tiene experiencia en exposiciones, disertaciones, debates y negociaciones y sabe manejar la dialéctica, por su considerable desempeño empresarial y bancario.
No obstante, resulta que, no es el que tiene mayor facilidad de palabra o que hace las mejores presentaciones teatrales ante el público, el que necesariamente constituye la mejor opción para dirigir a nuestro país. Las controversias ante las cámaras de televisión se prestan para usar argucias cosmetológicas, a fin de impresionar favorablemente a la tealeaudiencia y hacer ver lo que no hay y nunca ha habido.
El ejemplo más convincente lo tenemos en el actual Presidente de la República quien, con su labia, sus poses demagógicas y su habilidad histriónica para convertir mentiras en supuestas verdades, convenció a muchos ciudadanos durante su campaña electoral y en sus primeros años de gobiernos de que él era el mejor candidato. Ahora, casi toda la ciudadanía lo conoce y comprende el error de muchos, al dejarse llevar por la pose bonita y la palabra fácil y seductora del hoy mandatario.
Para que el pueblo conozca su forma de pensar y sentir sus planes de gobierno y sus perspectivas como Presidente (a) de la República, es mucho mejor el diálogo directo de cara a cara, en las propias comunidades y en los hogares de los electores, que es lo que Mireya Moscoso ha venido haciendo, desde hace más de cinco años. Días atrás, alguien dijo, con muy buen tino, que lo que se necesita no son debates entre candidatos sino diálogos honestos y compromisos responsables, directamente con las comunidades y los ciudadanos.
Puede ser que se den estos debates propuestos, pero estos podrían derivar, ciertamente, hacia enfrentamientos verbales estériles, que pueden confundir al pueblo, en lugar de facilitar su propia y certera evaluación de las cualidades de cada aspirante presidencial.
En estas presentaciones, el más audaz y parlanchín y que mejor sepa aprovechar las potencialidades de las cámaras lleva las de ganar. No, necesariamente, él (o la) más capaz, honesto (a) y sensible a las vicisitudes del pueblo panameño y eso es un peligro, ya demostrado en la campaña de 1994.