AUNQUE NADA le impedía creer lo que su sobrino le había dicho, Berta Valencia Mosquera pasó de la sorpresa a la intriga. Casi había perdido la esperanza de que el encuentro ocurriera 70 años después, y la posibilidad cierta de que se produjera se le asemejaba a una mano que en el último salto logra asir, ante el vacío, una rama salvadora.
Su sobrino había llegado justo en el momento en que conversaba sobre las cosas del día con Macedonia, una amiga-hermana por la vida compartida, y le había dicho que aquello que le parecía imposible pasaría al día siguiente.
Colombiana del Chocó pacífico, Berta había llegado a Ciudad de Panamá en 1933 de la mano de su madre, Rosalía Mosquera, cuando contaba apenas los cinco años, y tras un breve período en la Capital se fueron a vivir a Chilibre.
Para entonces, los norteamericanos habían levantado carpas allí, y construían una de las obras de infraestructura más importante del país, después del Canal, la Represa de Madden, sobre el lago Alajuela, con el doble propósito de incrementar el caudal de la vía interoceánica y dotar sus instalaciones de energía eléctrica.
En más de una ocasión Berta recordaría, en los años venideros, como los gringos desviaron el río de Chilibrillo de su cauce original, y las enormes ollas de concretos que se lanzaban sobre la obra.
Junto a su madre buscaban a Catalino Valencia, padre suyo y de su hermana Onésima, una recién nacida que había quedado en el Terrón de San Juan al cuidado de la abuela Marta.
Cata, como muchos extranjeros, había viajado hasta el Istmo atraído por las plazas de trabajo que engendraba la construcción de la represa, y desde su partida nada se sabía de él.
Durante varios días, la niña y su madre navegaron desde el Chocó, en una pequeña barcaza, hasta el Muelle Fiscal, localizado en el mercado público panameño.
Llegaron cuando apenas comenzaba la mañana, todavía oscuro, porque Berta recordaría siempre, que desde la barcaza la deslumbraron las cientos de luces que alcanzaba a divisar su mirada infantil.
Estaba segura de que su estancia en este lugar, extraño y bullicioso, sería corta, porque su madre tenía la determinación de regresar al Terrón, si la búsqueda de Catalino se prolongaba. Le preocupaba Onésima.
Pero el destino y sus circunstancias trazaron otra lectura. Catalino fue un fantasma que apareció años más tarde cuando Berta ya estaba casada. Sin recursos, si saber leer ni escribir, Rosalía y Berta vieron prolongarse su estancia en Panamá, en medio de severas limitaciones y desesperanzas.
Era como una jugarreta imprecisa, una especie de túnel inesperado con un anden de gente invisible, por donde transitaban atrapadas sin meta final
Una vez, tratando de colectar dinero, Rosalía se fue hasta Chimán a hacer unos trabajos, pero entonces Berta se enfermó y el recurso debió ser invertido en los cuidados de la niña.
"Hubo un tiempo - relataría Berta años después - que solo las frutas nos sostenían. Estábamos en la lata. A veces vendíamos chance y ofrecíamos servicios domésticos".
En medio del drama y la pobreza Rosalía se obsesionaba con que la hija fuera a la Escuela. No quería que Berta ni Onésima quedaran analfabetas, y por lo mismo no renunció jamás a la posibilidad de regresar a su pueblo.
Fue por esos años en que Berta demostró un talento académico sobresaliente, que mantuvo hasta sexto grado con las más altas calificaciones, y durante los cuales aprendió a querer y a admirar a la maestra Gumersinda Páez, la maestra "Gume" como le dirían, y al maestro Alberto Alemán.
La escuela y los amigos, el drama y la persistencia, fueron las puertas de entrada a un país que con los años sería el depositario de sus amores y sus lealtades
Era un tiempo de dificultades y esperanzas, y en medio del cual su madre Rosalía terminaría por conocer a Marcial Bermúdez, un colombiano que pese a ser también analfabeta, tenía fama de manejar muy bien la palabra. Una vez, contarían los hijos de este, Marcial sostuvo un pleito con una familia que le impedía derechos posesorios sobre unos terrenos de Chilibre, porque decía ser la dueña de todo lo que era tierra, desde el océano Atlántico hasta el Pacífico, en un corte recto que implicaba unas 10 hectáreas a ambos lados del Canal de Panamá. Marcial ganó la disputa.
Rosalía se unió con él, en una relación que se desarrolló en buen línea, y de la que nacieron Julio, Serena y Arnobio.
Pero, el destino, otra vez, marcó a la familia. Una tuberculosis aguda terminó con la vida de Marcial, en los mismos meses en que estaba por nacer su último hijo, Arnobio. Días antes de morir supo que había sido varón, y que Rosalía había salido bien del parto.
Lo que Marcial ignoraba en su partida era, sin embargo, que Rosalía también había sido afectada por la tuberculosis. Los días siguientes al nacimiento de Arnobio estuvieron marcados por un combate atroz entre la angustia y la fatalidad.
¿Cuánto podía el amor en aquella colombiana impotente santa, que había naufragado en tierra ajena y que había terminado por rendirse a la verdad de que jamás podría regresar a su país?
Debilitada por la enfermedad que la iba consumiendo, Rosalía veía paralelamente como crecía su último fruto, y conciente de que esa tuberculosis imprudente era contagiosa, pidió que le dieran una varita de madera con la cual impedía que el niño se le acercara.
Cómo permitir que el mal que la aquejaba afectara la vida que ella misma había traído al mundo?
La noche en que Rosalía murió, una Berta espectral y silenciosa se preguntaba hacia dónde giraría la vida, cómo enfrentar el devenir.
Ya entraba en la adolescencia, y observaba con inconformidad las reglas disgregadoras que se cernían sobre aquellos huérfanos, inocentes e ignorantes de su suerte, y pensaba en Onésima, tan distante y ya casi desconocida.
Antes de morir, Rosalía había dictado su último deseo. Julio, el mayor de su unión con Marcial, quedaría bajo la responsabilidad de Pedro, primo de este último; Serena, que tendría unos cuatro años, sería entregada a su madrina, Juana Julio, y Arnobio, lidiado desde su nacimiento por Berta, quedaría en manos de esta.
Las cosas no se cumplirían en la totalidad de la regla. El día en que Juana Julio fue a buscar a Serena, que rondaba los cuatro años, Berta la había vestido con su mejor ropita, pero cuando llegó la madrina, presintiendo la partida, Serena se fue hasta el patio de la casa y tomando lodo entre sus manos, se ensució el vestido. Era una táctica, porque sucia no se la llevarían, pero fue un intento vano. Juana Julio junto a otra señora tomaron a la niña por los brazos y piernas, y como esta lloraba y forcejeaba intentaron amarrarla.
Berta intervino entonces, atormentada por los gritos de Serena que le decía "hermanita no dejes que me lleven". No intentaba desobedecer las directrices de su madre, pero le dijo a Juana Julio: "no, así no"; que así no se la llevarían, que esperaran unos días, que ella hablaría con "Chele", como le decían y le dicen aun a Serena, y que volvieran después. Juana Julio no volvió a intentarlo.
Las cartas estaban echadas. Berta optaba por sus hermanos. Como adolescente que era podía hacer otras cosas, sobre todo por que las directrices de Rosalía le daban cierto margen de libertad, pero ella, que los había lidiado a los tres desde sus nacimientos, asumía casi a los 14 años, la responsabilidad de sus hermanos. Lo que le daba vuelta en la cabeza al mismo tiempo era, sin embargo, el destino de Onésima.
Años después Berta se unió con Pedro, el primo de Marcial, pero nunca tuvo hijos. Los médicos dijeron que tenía ovarios infantiles. Pedro fue el hombre su vida, y sus hermanos, Julio, Serena y Arnobio, sus hijos.
Serena se convirtió en maestra, Arnobio en abogado y Julio, el mayor, en luchador social. Pese a todo y pese al tiempo, Berta mantuvo en sus pensamientos, una preocupación constante Onésima.
Por eso en los años 70, junto a Arnobio, viajó a Colombia, pero las condiciones para llegar hasta donde estaba su hermana eran tan irregulares que no hubo forma de llegar hasta donde vivía. Llegaron hasta Buenaventura, pero de allí había que ir hasta Pizarro y luego tomar botes.
En el año nuevo de 1974 Julio se encontraba en Colombia, se puso en contacto con Isasio, uno de los hijos mayores de Marcial y tras contactar al resto de la familia paterna y materna, pudo llegar hasta donde estaba Onésima, la gaviota solitaria "dejada atrás por la bandada".
Era menuda pero sólida, tenía 14 hijos, un número plural de nietos y como lo había temido Rosalía, se había quedado sin aprender a leer ni escribir. Pero la vida no la había doblegado. Julio le habló de la familia y de lo mucho que se le pensaba.
La vida entretanto había hecho de Berta una mujer serena ante los hechos, de un carácter recio y poseedora de un respeto que nadie se atrevía a quebrar.
En los años que había vivido con Pedro, demostró una gran capacidad comercial. De Chilibre se habían ido a vivir a las orillas del río Alajuela, en un pueblo de emigrantes colombianos laboriosos, llamado Salamanca. Allí establecieron la primera tienda del pueblo, fueron los primeros en llevar una refrigeradora de kerosene y contar con un motor fuera de borda.
En varias hectáreas de tierra sembraron de todo: guineo, arroz, maíz, verduras, frutas. Frente a la casa de Salamanca se levantaba exuberante un cañaveral en el que se perdían los nietos; tuvieron un numeroso hato de ganado, además de caballos.
Pedro fue siempre un hombre trabajador que además de siembros, construía botes y extraía cauchos de recónditos lugares en Darién. Allí, en la selva educaba a los nietos en las artes del trabajo, en las que él era un maestro. Pedro murió en 1995.
Un día de semana del año 2002, Berta y su sobrino regresaban de Colón. Habían estado en la casa de Chele y volvían a Chilibre. De momento quedó en suspenso la conversación que desarrollaban, y Berta se sumió en un silencio que su sobrino estimó muy profundo y le preguntó que ¿dónde estaba?
"¿Yo me pregunto -dijo- que sería de mi vida hoy, sin hijos y sin marido, si yo no hubiera optado por mis hermanos? ¿Qué hubiera sido de mi?". "Esa no es la pregunta Doña Berta, -le dijo su sobrino-. La pregunta es, qué hubiera sido de sus hermanos y de nosotros, si no hubiéramos contado contigo". Y se lo volvió a recordar cuando Berta cumplió los 75 años.
Como en otras ocasiones, aquella vez Berta volvió sobre el tema de Onésima, sobre la preocupación con la que murió su mamá y sobre la posibilidad de morirse y no poder conocerla.
Lo que ella ignoraba entonces era que la posibilidad del encuentro ya estaba en camino, que las gestiones habían comenzado y que de un momento a otro se esperaban noticias.
Habían pasado 70 años desde la última vez que había visto a su hermana en brazos de su abuela Marta. Fue el día en que, junto a su tío Manuel Mosquera, salieron del Terrón de San Juan, y Onésima era una bebé.
Así que aquel sábado de febrero del 2003, cuando su sobrino llegó hasta la casa, Berta y Macedonia, esa amiga-hermana de toda la vida, suspendieron la conversación que desarrollaban, y después que su sobrino les anunció que "Onésima llegó esta madrugada a Panamá y mañana, a la diez de la mañana, estará aquí con Usted" Berta pasó de la sorpresa a la intriga.
Aunque nada le impedía creer lo que su sobrino le había dicho, Berta Valencia Mosquera no salía de su asombro. Casi había perdido la esperanza de ese encuentro, 70 años después. Ciertamente era que sus Julio, Serena y Arnobio habían quedado si padre y madre muy temprano, pero ella había llenado ese vacío. Quién había llenado el de Enésima, que no pudo conocer ni a Papa, ni a Mamá, ni hermanos, ni nada?
Con los años Berta había aprendido a manejar muy bien sus emociones, a ser expresiva exactamente cuando era necesario. Su sobrino recordaba que la única vez que la había visto llorar fue durante el entierro de Pedro Bermúdez, y él que había nacido a la vida con ellos, comprendía muy bien esa emoción.
Había pasado una vida y, cuando supo que por fin podría saber cómo y quién era Onésima Victorina Mosquera, las preguntas volvieron frescas y lozanas a su cabeza. ¿Cuánto hablaremos?. Hay tantas cosas que decirse".
Chilibrillo es una de las comunidades de Chilibre que se levantan sobre la carretera de Madden, la que conduce a la represa. En una de sus veredas unas siete casas acogen a la familia Aguilar, y cuya Matriarca es Macedonia. En una de esas casa reside Berta Valencia Mosquera.
Aquel domingo de febrero de 2003 hubo más gente que de costumbre. Desde las casas de Pino, Avelino, la propia Macedonia y Amelia, Pinito y Eric, las personas se fueron reuniendo en la casa de Berta. Allí estaban también Serena, Arnobio y Julio, cuando el sobrino de Berta llegó en su tercel verde. Una de las puertas traseras se abrió, una mujer morena, delgada y entrada en años apareció ante todos. Julio la abrazó, los demás la saludaron, y Berta, que se la comía con la vista, se le acercó la tomó de la mano y le dijo: "venga hermanita".
La condujo hasta la casa, donde comenzó un encuentro por que ambas había esperado 70 años. Onésima supo cuanto se le quería, cómo se le había extrañado, y Berta le habló de los pensamientos de su madre, Rosalía. Por primera vez en la vida los cuatro hijos de esta ultima tenían la oportunidad de reunirse.
Curiosamente, mientras que en Panamá los cuatro huérfanos de Rosalía, habían logrado salir adelante, hacer familias y mantener un nivel medio de vida, Onésima en medio de la soledad que implico la muerte de su abuela y la ausencia de su madre, multiplicó la familia, convirtiéndose en tronco de una extensa prole.
Fue muy duro -dijo Rosalía- aquel día de revelaciones, tras recordar la vida dura, limitada y solitaria que debió llevar desde su niñez. Confesó sin embargo que el solo pensar que en Panamá tenía hermanos, fue una idea que la alimentó durante años.
70 años despues
... aquel sábado de febrero, cuando su sobrino llegó hasta la casa, las dos septuagenarias suspendieron la conversación que desarrollaban, y aquel les anunció que una de las grandes preocupaciones de Berta Valencia estaba por resolverse. "Onésima - dijo- llegó esta madrugada a Panamá mañana a la diez, estará aquí con Usted."