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Abril de letras


Feliz Día a los escritores y escritoras de Panamá, desde el elegido para recibir la condecoración Rogelio Sinán hasta quienes engarzan méritos para merecerlo en el 2012; desde los que ostentan muchos títulos hasta los que tienen uno solo; desde los que comienzan a escribir, hasta los que guardan con celo, bajo siete llaves, un cuento, un poemita o algún inicio de novela.

Hoy, 25 de abril, explicaba el domingo anterior, en Panamá conmemoramos el natalicio de Bernardo Domínguez Alba, Rogelio Sinán (25 de abril de 1902), en cuya memoria se instauró, mediante la Ley 14 de 7 de febrero de 2001, el Día de la Escritora y del Escritor panameños.

Pero, ¿dónde nacen nuestras letras? De los pobladores autóctonos no quedan testimonios escritos, pero es fácil suponer a sus culturas, igual que hoy, ricas en cuanto a oralidad. Las consejas, las historias, las leyendas de héroes antiguos debieron reverberar junto a las fogatas de aquellas extensas noches ancestrales.

 

Rodrigo Miró recoge una historia del amanecer colonial español que, aunque sacada de un libro de crónicas, tiene visos de cuento popular. Su fuente es el trigésimo octavo capítulo de la “Historia General y Natural de Las Indias” (1535), de don Gonzalo Fernández de Oviedo, en un fragmento titulado “El caso peligroso e experimentador de la grandísima habilidad que tuvo un vecino de la ciudad de Panamá en nadar”.

Miró lo considera el primer cuento panameño; en realidad es un relato ambientado en Panamá, región que 32 años antes, en 1503, ya recibiera su bautizo literario en la “Carta de Jamaica”, con la pluma de Cristóbal Colón.

El proto cuento tiene como protagonista a un tal Andrea de La Roca, oriundo de Panamá y hombre de mar por más señas, quien para el fundacional año 1519 laboraba como mayordomo del gobernador Pedrarias Dávila. Andrea era, además, emprendedor, denodado, vigoroso, impulsivo ante los retos y bastante bizarro cuando se trataba de poner el pecho ante las jugadas del destino.

 

El fundador de la ciudad veía con buenos ojos la labor del muchacho, al punto que muy pronto lo asignó como sus ojos y oídos entre los indios que extraían perlas en las pesquerías del archipiélago de Las Perlas, que por ese entonces sostenía muy bien su nombre.

En uno de los largos viajes hacia las islas, el gallardo joven decidió matar la abulia a arponazos o, mejor aún, lanzar el fierro contra alguno de los relucientes lomos de tanto pez como veía desde su barca; y así lo hizo varias veces, hasta que una sombra que pasó por debajo de su embarcación le propuso un reto descomunal, similar a aquellos de los que Herman Melville y Ernest Hemingway se ocuparían siglos después.

Nuestro amigo enganchó su presa (corrección: la presa lo enganchó a él) y, enseguida, una inmensa mantarraya impulsó la nave a tal velocidad que lanzó al muchacho al agua y lo sumergió en las oscuras profundidades del Golfo.

 

Si ha seguido esta historia hasta aquí, no vaya a encender cirios por el mayordomo, porque no terminaron allí sus días. Resulta que, según Fernández, y de acuerdo con Miró que no lo deja mentir, el mancebo se salvó por su extraordinaria capacidad para aguantar la respiración (hubo quienes juraron, sotto voce, que se quedaba más de una hora sin tomar resuello). Dos horas después, unos indígenas en otro barco lo rescataron, sano y salvo, solo que con los ojos enrojecidos por la sal, a más de una legua de allí.

Así se inauguraban las letras que hoy celebramos. ¡Salud!

Que la palabra te acompañe.


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550795
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América