El Diccionario de la Real Academia atribuye a otros países el uso de muchas palabras que son comunes entre nosotros. Eso ocurre porque mientras los demás se preocupan por informar a la Docta Casa de sus localismos, nosotros no lo hacemos.
Dice el DRAE que “brujo” (falso) es de Chile, “cabanga” de Costa Rica, “cambute” de Costa Rica, “enseriar” (tomar algo en serio) de Venezuela, “franela” (camiseta) de Venezuela, “gallada” de Colombia y Ecuador, “gallinazo” de Bolivia, Colombia, Ecuador y Perú; “madrugonazo” de Venezuela; “palo” (árbol) de Costa Rica, Honduras, Nicaragua y Puerto Rico; “patí” de Costa Rica; “pelado” (niño) de Bolivia y Colombia; “pelarse” (equivocarse o quedar mal) de Ecuador; “pico” (pene) de Chile y Costa Rica; “sapo” (soplón) de Colombia, Costa Rica y Venezuela; “serenarse” (exponerse al sereno) de Colombia, Cuba, Honduras y Venezuela; “tanque” (depósito de combustible de un auto) de Argentina, Cuba, El Salvador y Uruguay; “tapas” (nalgas) de Costa Rica; “timón del auto” de Colombia, Cuba y Honduras; “yeyo” (desmayo) de Venezuela, etc.
En Panamá tenemos palabras poco conocidas no solo en otros países, sino incluso dentro del nuestro. Pocos colonenses saben a qué le llaman los santeños “tajona” y pocos santeños saben qué dicen los colonenses cuando se saludan con el término “¿Guapin?”