Uno de los principales problemas de nuestra literatura es la falta de lectores, si bien la última década nos ha dado muestras de su aumento considerable cuantitativa y cualitativamente hablando, aún hace falta atraer más consumidores de este maravilloso producto. Y no lo digo en términos de relación comercial, de mercado, que también es una realidad; lo digo principalmente en términos de calidad literaria, de sensibilidad artística, de cultura y humanismo, en definitiva, en términos de comunicación.
La literatura debe ser interacción entre un emisor y un receptor, una oportunidad que tenemos los sujetos lectores para conocer la concepción y visión del mundo, las inquietudes, las necesidades y las ideas de los sujetos autores que muchas veces nos ayudan a descubrir y valorar las nuestras. Cierto es que por las particularidades y la naturaleza del fenómeno literario, muchas veces esa comunicación se ve interferida, contaminada, menoscabada, pero tan cierto es también que permite a ambos agentes, de uno y otro lado de la obra literaria, establecer una comunicación personal, subjetiva, íntima.
Que la comunicación literaria sea posible depende de varios factores: la calidad de la cosa escrita, los referentes culturales e idiosincrasia del lector y los resortes psicológicos y emocionales tanto del autor como del lector, todo presentado a través de ese instrumento valiosísimo que es el lenguaje.
Si bien debemos reconocer la desigual tradición cultural y literaria que por motivos extraliterarios hemos desarrollado los pueblos al sur del río Bravo y la gran influencia que esto ha tenido en la situación actual de nuestras literaturas, nada debería impedirnos aspirar a una sociedad con una gran cantidad de lectores maduros, como en otras latitudes de nuestra América y del mundo. Hay una verdad que no podemos soslayar y es que la literatura panameña existe como tal, y sin olvidar sus antecedentes y orígenes históricos, debemos preocuparnos de que la comunicación autor nacional actual-lector se posibilite hoy.
Hace cuatro años, desde el Foro Nacional de Literatura con sede en Chitré hicimos una propuesta real y factible, acercar un mayor número de lectores a las obras de nuestros escritores, básicamente a través de tres vías: contacto directo entre lectores y escritores para que se conozcan a fondo (a través de simposios, conversatorios, presentaciones de libros, debates, encuentros); desarrollo de una metodología activa y atractiva en la enseñanza de la literatura (formación del profesorado: seminarios y talleres) y promoción literaria desde la crítica literaria seria (que a su vez va de la mano con la formación de los escritores y potenciales escritores a través de encuentros y reuniones periódicas de escritores, críticos, talleres de escritura, concursos literarios).
Esta última vía es la que más se ha desarrollado en nuestro país, aquí hay que reconocer los esfuerzos institucionales de la Universidad Tecnológica de Panamá, del INAC, de la Universidad de Panamá y de varias asociaciones culturales independientes.
Hay que trabajar más en las dos primeras vías. Se están dando pasos en esta dirección, aunque no los suficientes; las presentaciones de libros y conversatorios se han vuelto frecuentes, los juicios que los críticos empiezan a verter son acertados, producto de la reflexión y la lectura profunda, alejados del aplauso oficioso y de la malevolencia ideológica. En este sentido, la crítica literaria panameña se está haciendo eco de su misión de estimular la creación literaria.
La enseñanza de la literatura, la segunda vía mencionada, es la que a nuestro parecer está en una situación crítica. Uno de los principales lugares de consumo de literatura son las aulas, pero en ellas, la experiencia didáctica se ve constantemente acosada por las malas prácticas del catálogo y la memorización de datos intrascendentes que produce el rechazo del que lee. El profesor tanto de media como, en algunos casos, de la universidad, necesita herramientas metodológicas que lo lleven a enseñar la literatura desde otra perspectiva. En un panorama bastante oscuro algunos focos dispersos empiezan a brillar, pocos pero certeros. Una ardua y lenta tarea nos espera a quienes nos movemos en estos menesteres.
Este modelo ternario debe ser sistemático, funcionar al unísono, pues todo esfuerzo en este sentido debe ir acompañado del compromiso de los escritores por brindarnos su mejor intento. La lectura y la preparación lingüística, la asistencia a talleres o diplomados son instrumentos indispensables para el escritor de hoy. Ellos son garantías para encauzar el verdadero talento. Nadie que se sienta llamado por este oficio puede olvidar que la obra es una conjunción de partes, un hecho susceptible de una interioridad y una exterioridad contundentes, en armonía constante, deudora de un equilibrio entre su expresividad y su carga significativa.
Nuestra propuesta garantizará la creación de lectores maduros que es una necesidad para que valoremos lo que realmente tenemos, toda evaluación es mejoría. Serán los lectores maduros los que impongan una verdadera criba sobre el corpus literario panameño y den a nuestras obras el sitial que les corresponde, aun cuando ello signifique un acendramiento de lo que poseemos, con esto crecerá la literatura panameña, lo que será un primer paso para erradicar tanta chabacanería y superficialidad de nuestro tiempo.