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Acumulando cúmulos

“Me dí cuenta de que lo más seguro era confiarme a mí mismo” Montaigne


Al fin, me parece estar ganando la batalla. Ya no quiero acumular sino lo más que pueda del crepitante y siempre misterioso conocimiento que, a la larga y a la corta, será lo único que me lleve.

Sigo probando las delicias del paladar, incluso sabiendo que mientras más exquisitas más afectan a los órganos vitales. Las otras voluptuosidades de la carne (que ahora son microscópicas, pero no desaparecen del todo), me estremecen sin perturbarme. Los ociosos billetes acumulados en flacas cuentas bancarias no dominan mis sueños. Olvidé para qué los deseaba tanto. Tengo más libros de los que podría leer si volviera a nacer. Ni en sesenta años, leyendo los sesenta libros anuales que devora un lector no orgiástico ni dalecarnegiano, acabaría con los cuatro mil tomos que me miran desde el balcón de sus anaqueles y me sonríen porque saben lo orgulloso que estoy de ellos.

Hace tiempo que desistí de ganar el Nobel de Literatura, me ha bastado (aunque no sobrado) uno que otro Premio Miró. Para mi mellado orgullo es suficiente si una mujer elegante y bella me detiene en Exedra y me dice que le gustan mis artículos.

 

Como no salgo, no gasto. Y cuando no salgo, leo, lo cual es ganancia. Había dado vacaciones a Montaigne porque no quería terminar con su tercer tomo. Tonto de mí. Sus libros están allí y los puedo releer cuantas veces quiera. Es más, abrí el primer tomo y en vez de leer mis subrayados, leí lo que antecedía y lo que seguía y me pregunté: «¿Cómo fue que no subrayaste esto también?».

Las amistades no se pueden acumular, como se acumulan las nubes. Pero si de pronto me encuentro con uno de los reales y queridos amigos, saboreo la frescura de su abrazo y la sinceridad de su sonrisa. Tengo pocos, pero son oro puro.

Políticamente pasé por la etapa en que hice equilibrios caminando por el medio. Los de izquierda (¿los habrá todavía?), los verdaderos que conocí, sueñan revoluciones bajo tierra, los otros me llamaban reaccionario; los de derecha (de la diestra del cerebro insuficiente), me llamaban “ñángara”.

 

Súbdito soy del imperio de la duda. Camino con ella del brazo por el medio. No me llegan ni murmullos de protesta. Estoy en la edad en que ni me chiflan. En estas columnas sigo enhebrando el mejor chiste: mi propia vanidad, de la cual espero despojarme muy pronto.


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656535
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América