Cuando estaba en segundo año en el Instituto Nacional, yo no sabía con precisión por qué marchaba durante las manifestaciones contra el tratado Filós-Haines. Si me abrían la cabeza de un hachazo lo único que hubiera salido de ella eran las tetas de Doris y una manilla de béisbol, pero sentía que “mi posición” era no permitir más bases extranjeras en el suelo patrio. Ese deseo y esa posición tenía polícromos antecedentes: los policías gringos no nos permitían subir al cerro Ancón ni jugar en el cuadro de beis de Corozal, ni nos dejaban columpiarnos en el parquecito de Ancón. ¿Por qué no podíamos, si eso era Panamá? Fue lo primero que capté de nuestras relaciones con los gringos. Y se afirmó y confirmó con los años: «Yo soy panameño y todo lo que piso entre nuestras fronteras con Costa Rica y Colombia es Panamá y me pertenece». Por eso quería que se fueran los soldados y los zonians con sus gringuitos que pensaban que la Avenida Roosevelt era de ellos, y el ferry y los Club House y la piscina del YMCA y el cerro Ancón. ¡Fuera!, no era de ellos, todo era mío: los mangos y los algarrobos; la colina bañada en césped que todavía hoy envuelve lo que en ese tiempo se llamaba “Administration Building”, era para que nosotros nos deslizáramos en cascos de palmeras como trineos tropicales. El aire puro que respiraban los gringos era panameño. Claro está que los sheriff nos ahuyentaban. Querían impedir que pisáramos nuestro suelo, que comiéramos nuestros mangos, que silbáramos el himno nacional en Culebra Road.
Me dio un gran gusto que mi amigo Pepe “Manilong” entrara en la tienda de zapatos de Balboa y saliera con un paquete en el que había chapaletas de caucho para nadar y pasando a mi lado me advirtiera: «sigue, no me conoces. Nos vemos en la piscina.» ¡Qué delicia estas trampas al imperio que nos había hecho el robo mayor!
Llegó el trágico momento en que un gringuillo, estúpidamente patriotero, incitó a los demás para que no permitieran ondear la bandera panameña al lado de la norteamericana. Y ahí fue donde la jodieron.
Panamá vivió sus momentos cumbres aquel Nueve de Enero de 1964. Veintiún panameños fueron inmolados por el derecho que tenía esa bandera de flamear en todo su territorio. Treinta y seis años después, despedimos –para siempre, ¿no?– al último soldado gringo.