No terminaba de alegrarme por los ganadores del Miró, cuando la muerte, una vez más, pisa mi huerto. Como que no se vale. Debería ser más cuidadosa la señora. A la hora de seleccionar, si le toca a los míos o a aquellos con los que me unen lazos de afecto o cariño simplemente.
Lucy, esto es por Lucy. ¿Quién, que la escuchó, no se conmovió con esa voz prodigiosa mojada con la alegría que solamente se agita dentro de un corazón generoso?
Tuve la fortuna de conocerla, por poco tiempo desafortunadamente. Pero fue suficiente para que encendiera en el amor por el arte que importa, aquel con el que se honra a la patria y se hace humana la cultura y trascendencia el canto.
La Feria del Libro del 2009, en un encuentro que juntaba a Lord Panamá, a Pille Collado y a la Faraona, la tuve cerca por primera vez. Al encontrarla, me encontré sorprendido, mirándome en la niña de sus hermosos ojos color de playa con arena y una pizca de sol vespertino. Cuando cantó esa muchacha, al final de aquel evento, el auditorio quedó suspendido en una cápsula del tiempo. Aún estamos ahí con el rostro transfigurado por la belleza convertida en pan del aire, en canción.
Más tarde, El Perote de Las Musas del 2010, que organiza en Santo Domingo cada año un colectivo de amigos, para celebrar la vida de nuestros héroes culturales, ese patrimonio humano que a veces es invisibilizado, la tuve nuevamente como la más tierna y enamorada novia del tambor. Ella iluminó la noche del parque. El espacio se fue llenando de repiques de tambor y el Canajagua se estremeció satisfecho. Solo faltó que el río La Villa se volviera cerveza. Ningún asistente se movió de su puesto. Solo cuando Lucy decidió hacer mutis dimos por terminada la fiesta de El Perote de Las Musas.
Con su voz se queda una tradición más que centenaria, el folclor más terrígeno de nuestro pueblo y un trozo de la historia de la música del alma interiorana. No puedo decir que nada muere con esa vida que ya no es, porque como dicen: “si se calla el cantor calla la vida...”. Y esa muchacha de Santo Domingo no me la van a callar. ¿Estamos de acuerdo?
Esto no es un tamborito triste, no quiere ser, ni puede ser, pues para decirle adiós a una flor tiene que ser cantando.