Hace rato que no la veo, que no la miro a los ojos y que no escucho su voz. No la he olvidado y estoy seguro de que ella a mí tampoco.
No nos hemos peleado. Vivimos relativamente cerca, y llegar a su lugar de trabajo me tomaría 15 minutos.
Conservo su número de teléfono en la lista de mis contactos y recuerdo cada año su fecha de cumpleaños. Cómo no hacerlo si bajo el signo Escorpio organizamos numerosas celebraciones en su nombre y en nombre de nada.
Esta semana la tuve más presente, porque decidí hacer un arqueo de mis contactos en todos los correos y redes sociales en los que me he visto inmerso sin saber cómo. En ese proceso decidí marcar su número.
Tan pronto identificó mi número, respondió con entusiasmo. Si no la hubiera llamado, no me habría enterado de que la noche anterior había salido de su casa, como todos los días, a trabajar. Pero esta vez le dijo a sus hijos una frase que cambió la historia: “Ahorita vengo”.
Había tomado la decisión de renunciar a su puesto de trabajo después de ocho años de estar trasnochándose. Fue, entregó su carta de renuncia y volvió a casa para ver caer dormidos a sus dos hijos, cosa que muy pocas veces pudo hacer por obra y gracia del trabajo.
“Tomé esta decisión después de ver a mis hijos y reflexionar sobre aquello de que me estaba matando para vivir bien, pero al final no tenía vida”.
Me agradó volver a escucharla, saber que es una madre y esposa feliz y que sigue teniendo el carácter y la capacidad para tomar decisiones importantes.
Pero lo más importante es que me di cuenta de que debo revisar a menudo mis contactos y llamarlos de vez en cuando, porque muchas veces, por estar entregados al trabajo y la comunicación virtual, nos olvidamos de que nuestros amigos son de carne y hueso, y una llamada puede ponernos al corriente de situaciones insospechadas y servirnos de inspiración, como me acaba de suceder.