Me sobra espacio en las manos para tus pechos nimios. A veces pienso que puedo ceñir tu cintura entera en un puño, y retenerte. Te imagino prolija y vivaz llenando el aire y flotando en cada esquina de mi vida. Respiro hondo para que te metas profundo en mi pecho y descubras que lo habitas entre ilusiones y maravillas. Sin embargo, todo este amor oxigenándome las venas llega un momento que asfixia si no lo exhalo en una desesperada confesión. Pero soy un cobarde. Además, tú sujetas ya otras manos que de seguro rodean tu cintura y vuelan por tus pechos. Muy pronto te conducirán por otras esquinas a morar otra vida y en otras calles. Te alejarás de éstas donde tantas veces caminaste feliz, con una sonrisa ligera en el rostro, admirada de cómo se suspendían a un hilito amarrado suavemente a tu muñeca aquellos globos llenos de aire mágico que tu mamá le compraba a ese muchachito un poco mayor que tú. Ese chiquillo que siempre estuvo aquí, y que creció viéndote pasar sin que tú lo notaras, porque para ti siempre fui invisible, como el aire. Y a mí, entre cobardía, congoja y resignación, desde que me llegaron los rumores de tu boda y tu pronta partida, no me queda más que ahogar los gritos del alma. Sin embargo, para que no me estallen dentro, cada mañana los soplo en una honda exhalación y los encierro en globos rojos y los dejo escapar bajo tu ventana. Y, como hinchadas lágrimas, suben, suben, suben hasta que no aguanten callar más, pero suelen elevarse tanto y reventar tan lejos que nunca los escuchas. Por eso no entiendes y te preguntas qué hace ese loco soltando globos frente a tu balcón.