En la juventud aprendemos. En la vejez entendemos Ebuer
Lo primero que obedece el ser humano —los no humanos también— es el horario del cuerpo: ¿tienes hambre, tienes sueño? Vaya, coma y duerma, si puede. De bebé no cuesta mucho cumplir con esto, sobre todo si una madre amorosa está dispuesta a ponerte en la boca una teta llena de leche y arrullarte con una canción de cuna. Cuando eres un animalito de locomoción propia, llegan órdenes exteriores que debes acatar porque sí: ¡No toques! ¡Cepíllate bien los dientes! ¡Toma toda la sopa! ¡Carajo, no jodas más! Después en la escuela: ¡Pase al tablero! Efectúe las siguientes operaciones... ¡Métase la camisa por dentro! – Para mañana deben traer...
Se aprende poco a poco la disciplina, el reglamento, la norma, el protocolo de la vida. Incluso los juegos nos obligan a seguir reglas. Si queremos jugar: no puedes caminar con la bola de basket debajo del brazo. No debes meterle un codazo al del equipo contrario que te disputa la bola; no debes robarte la segunda base si eres patón y el receptor tiene buen tiro; no puedes mentarle la madre al árbitro, ni pegarle un puñetazo en la nariz porque te cantó «¡Aut!»; debes aprender que a la segunda partida en falso quedas fuera de carrera.
Aparecen los contratos caballerescos. En vez de papel sellado, la palabra y el gesto ritual. Se enlazan los dedos meñiques y es un juramento, un derecho, una obligación. Cortas con un amigo fitin o matatús y sabes que tienes que cumplir por un inefable sentido del honor. Anjá, el honor.
A los diez años se conoce muy bien lo que es el honor. Apuesto que ningún adulto conoce el honor tan bien como los niños. La primera ley de honor que aprendí fue: no te quedes pegado. Si te quedas pegado eres un alelado, un cobarde de marca mayor.
No quedarme pegado por nada del mundo parece que me lo atornillaron bien en el cerebro. No podría vivir tranquilo si alguien me empuja o me pega y yo me quedo empujado o pegado, así porque sí. Esto no quiere decir que gané todas mis peleas, no, lo que quiero decir es que no dejaré que una acción contra mi persona, contra mi honor, quede impune. Creo que eso es defender el honor. Por lo menos, como yo lo entendí desde los nueve años. Fue una dura lección —me costó buenas tundas— pero estoy seguro me durará bien pasados los ochenta.